martes, 9 de junio de 2009

OTRO PREMIO MÁS

Elena Yotti, (Roberta Pistacho) alumna de Nosotras Contamos, gana el concurso 'Misterio en la librería' de 80 Mundos, con 'Mecánica clásica'
MECÁNICA CLÁSICA

La librería “Garcilaso e hijos” tenía un rótulo engañoso, uno esperaba encontrar a un librero rodeado de su prole bibliófila y cuando se topaba con una mujer sin descendencia reconocida se sentía sutilmente estafado. Doña Amaya Garcilaso no podía evitar que su apellido pareciese un nombre de pila, al igual que no pudo impedir que su padre estuviese tan convencido de que su descendencia iba a engendrar más Garcilasos, que añadir la coletilla “e hijos” le pareció una obviedad encantadora.Al margen de este hecho, la librería en cuestión era un sitio de fiar: los libros tenían todas sus hojas y, lo que era más extraño y gratificante, las traducciones de las obras de escritores extranjeros no habían sido llevadas a cabo por carniceros lingüísticos.Doña Amaya no era en sí misma una mujer misteriosa, principalmente porque era amable y conversadora, y ya se sabe que un librero sin un toque de misantropía, no logra jamás las credenciales de personaje enigmático. La señora Garcilaso, con sesenta y dos años muy bien enfundados en sus vaqueros, hacía gala de una memoria portentosa que le permitía localizar casi de inmediato un ejemplar concreto. A pesar de ello, resultaba mucho más sorprendente su destreza para buscar títulos y autores en la base de datos de su ordenador de sobremesa, era tal la naturalidad con la que tecleaba y manejaba el ratón, que cualquiera habría pensado que, en el año en que nació Doña Amaya, las madres acostumbraban a fotografiar a sus hijos con el teléfono móvil, para enviarle después por internet una copia a la abuela del pueblo.Mi relación con los propietarios de los pequeños comercios de la zona se caracterizaba por el trato cordial y un par de sonrisas desprendidas. Sin embargo, el día que decidí comprarme de una vez por todas “La montaña mágica” en la librería de doña Amaya, ésta resolvió pasar al nivel de las confidencias al revelarme que títulos como ese habían sido los causantes del periodo más insólito de su existencia. Como respuesta a mi entusiasta gimnasia de cejas se ofreció a contarme la historia completa en caso de que yo no tuviese prisa. Y como lógico es, frente a una proposición de ese cariz, mi obligación de ir a comprar guisantes congelados y papel higiénico al mercado de enfrente se esfumó. Me acomodé frente a un zumo de pomelo (que hasta ese instante desconocía aborrecer) y desplegué mis orejas, al ritmo de “adelante, soy bueno escuchando”.Mi interlocutora me describió cómo hace algunos años, ante la inminente partida de su viaje anual a los Fiordos, en lugar de cerrar la librería por vacaciones, decidió contratar a un muchacho con vocación de escritor para que se hiciese cargo de la tienda. El mes que estuvo fuera transcurrió con total normalidad en el barrio, exceptuando las quejas debidas al ruido que, algunos vecinos, le transmitieron a su regreso. Al parecer, su ayudante tenía la costumbre de practicar el bricolaje después de cerrar la tienda y, en algunas ocasiones, le habían escuchado aserrar y clavetear hasta bien entrada la noche. Al pedirle explicaciones a su subordinado, el muchacho alegó que sólo estaba haciendo algunas labores de mantenimiento en las estanterías, y que no era consciente de haber importunado tanto al vecindario. Doña Amaya concluyó que era todo un detalle por su parte y que a veces, la gente es tan cascarrabias, que es capaz de echarle la culpa de su insomnio al ruido producido por la digestión de una termita empachada.Mariano, que este era el nombre del muchacho, después de finalizar su contrato, continuó acercándose por la librería para saludar, consultar cómo iban las ventas y mantener alguna que otra breve charla literaria. Siempre se despedía asegurando que los clientes de la librería Garcilaso experimentarían un giro radical en sus preferencias literarias en un corto espacio de tiempo.Una mañana, cuando una de su clientas trataba de alcanzar un ejemplar de la última novela de un escritor, en opinón de la señora Amaya, tan solvente como vulgar , un tomo de las obras completas de Kafka se precipitó sobre su cabeza, para después despanzurrarse contra el suelo como si se tratase del cadáver de un ave miope. La mujer, aturdida y avergonzada, insistió en comprar el libro suicida y se marchó con su chichón incipiente.Este hecho no habría constituido más que una anécdota, de no ser porque aquella misma tarde, una adolescente que curioseaba por la sección de literatura fantástica, fue atacada por “Crónicas Marcianas” en el preciso momento en que sacaba de la estantería un volumen de una saga prefabricada de dragones para tontos. En esta ocasión la víctima reaccionó airadamente y se marchó de la librería dando un portazo, maldiciendo y presionándose la cabeza, todo ello ejecutado al unísono con una pericia soberbia.Doña Amaya, poco inclinada a creer en embrujos y otras patrañas, elaboró un plan deductivo para comprender qué era lo que estaba sucediendo. Ella misma sacó de su unos cuantos ejemplares de las estanterías sin sufrir perjuicio alguno y, lo que resultaba aun más desconcertante, comprobó que muchos de sus compradores resultaban ilesos tras ojear un número considerable de ejemplares.Mientras tanto, diversos libros seguían agrediendo a su clientela, así “Viaje al fin de la noche”, encuadernado en tapa dura, arremetió contra un señor con perilla; “La vida instrucciones de uso” embistió a una pasmada mujer con mechas y gimnasio; “Claus y Lucas” se abalanzó sobre un estudiante de medicina que salió disparado al ambulatorio más cercano y, un hombre de complexión regordeta, pero dotado de unos reflejos extraordinarios, esquivó en el último instante un ejemplar homicida de “El ruido y la furia”.La señora Garcilaso, incapaz de establecer la pauta por la que algunas personas terminaban su visita a la librería con una conmoción y otras no, estaba a punto de sucumbir a la superstición, cuando se percató del peculiar título del libro que pretendía comprar la última víctima de “Velocidad en los jardines”.Se trataba de una novela romántica de calidad literaria más que cuestionable.Guiada por una corazonada, se dirigió resueltamente hacia el título que se le antojó más deplorable y, por fin, obtuvo su respuesta. Repitió la misma operación una y otra vez con idéntico resultado: al retirar de su lugar un libro infame, otro ejemplar excelente era disparado con fines lesivos.Después de inspeccionar todas las estanterías de su librería acumuló sobre el mostrador cincuenta y cuatro dispositivos de complicados resortes y poleas, así como una nota de Mariano en la que argumentaba los motivos de su disparatado plan para fomentar la lectura de calidad, y aprovechaba la ocasión para rogarle a la señora Garcilaso que no revelase la naturaleza del mismo, ya que en breve plazo contaba con poder patentar el invento en todas las librerías del mundo.Doña Amaya, como mujer tolerante que era, decidió que coaccionar a los lectores de ese modo era una intromisión intolerable en el libre albedrío de las personas, y se desprendió de las cincuenta y dos trampas arrojándolas al contenedor de basuras.Cuando le pregunté qué había ocurrido con los dos dispositivos restantes sonrió complacida por mi observación. Ella era una persona transigente, pero no un ser impasible. Confiaba poder jubilarse sin que los dos últimos ejemplares dispuestos como armas arrojadizas tuviesen que desempeñar su función, y afortunadamente, así parecían indicarlo los últimos seis años.

domingo, 7 de junio de 2009

Mi primera vez


Te voy a confesar la verdad. Todo empezó en aquel concierto que disteis en los jardines del antiguo colegio para huérfanos de ferroviarios. ¿Te acuerdas cuando las fiestas se hacían allí? Pues ese verano, creo que en la noche de San Juan, o quizá fue un día después…Pues eso, estábamos mis amigos y yo viendo los conciertos y vosotros tocabais los últimos. No sé por qué, pero me quedé embobado mirándote. Mis amigos los rockeros estaban echando pestes en cuanto sacaste la pandereta, yo no podía quitarte los ojos de encima, fue una especie de…de flash, vamos a dejarlo así. Me acuerdo de la camiseta violeta y la falda vaquera, me acuerdo del pelo rizado recogido en una coleta. No nos gustabais nada musicalmente. De hecho esa fue la primera condición que puse cuando hice mi propio grupo un tiempo después, no sonar como vosotros. Me  estoy desviando, sigo. Mis amigos estaban venga a meterse con vosotros, yo callado como un muerto, no podía decir lo que me estaba pasando. Qué tonterías preguntas, supongo que me pareciste muy guapa, que me gustabas desde el principio, fuiste como una aparición. Bueno, ¿y por qué no? ¿Qué te extraña tanto de eso? Estabas sobre el escenario, tan mona, me parecías muy niña además, aunque tuviéramos la misma edad, sí, para algunas cosas me parecías una cría y sin embargo ahí estabas subida al escenario, venga a bailar y a jugar con el micro, eso que yo deseaba en secreto, tener mi propio grupo…a partir de ahí te volví a encontrar por la ciudad más veces. Me acuerdo de verte por bares, ir a todos tus conciertos, sólo para verte a ti, claro, que te he dicho que al principio no me gustaban vuestras canciones, aunque terminé acostumbrándome. A veces me cruzaba contigo, ibas siempre escuchando música con auriculares, bastante a tu bola, no te enterabas de nada. Claro que nos presentaron, lo intenté por todos los medios, pero no me hacías caso, nunca te acordabas de mí de una vez para otra, y yo me sentía ridículo, porque no sabía qué decirte, entonces aparecía el tembleque y mi cerebro entraba en cortocircuito. ¿Cuántas veces? Pues muchas, alrededor de cinco o seis…la primera fue en el concierto del grupo del novio de tu amiga Sandra, no sé si te acordarás de ese día. Sólo me dijiste hola y me dedicaste una sonrisa. Pero no sabía como atraer tu atención de otra manera. Me ponía nervioso porque eras tú, simplemente. Sí, sabía que estudiabas en la escuela de arte, teníamos amigos en común. Cuando comencé a estudiar allí, años más tarde, me acordé muchas veces de ti, pensaba cuál sería tu taquilla, que te tomarías el café en la misma mesa de la cafetería, que fumarías cigarrillos a escondidas en el pasillo. Luego dejé de verte, cuando viniste a Madrid, pero comencé a leerte, por tu blog, y me gustaste más aún, cómo juntabas las palabras, cómo contabas historias, tenía ganas de decirte que estaba de acuerdo contigo, y por eso te escribí aquellas palabras, el primero mensaje. No te dije nunca nada en persona porque pensaba que sólo te fijabas en…bueno, en otra clase de chicos, como Jorge y Edu, esos que tocaban en grupos de rock, llevaban botas de cuero y se pintaban los ojos emulando a Bowie.

           

            ¿Cómo puedes contarme esto a estas alturas? ¿Por qué jamás te acercaste entonces y me dijiste la verdad? Estás loco, a mí no me gustaban nada Jorge, ni Edu, estás mal de la cabeza. Podías habérmelo dicho antes, hubiera sido precioso. Yo tenía entonces diecisiete años. Sí, me acuerdo de aquel concierto, poco, pero algo recuerdo. Llevaba aquella falda, era un concierto en el que recuerdo estar incómoda, no me sentía bien. Estaba muy cortada, y ya sabía que al día siguiente nos iban a poner a parir en los foros musicales…igual eran tus amigos, los que se metían conmigo. Da igual, no tenía ni idea que fueras a los conciertos sólo para ficharme, menuda sorpresa. Disculpa si no me acuerdo de las veces que nos presentaron, era una época muy tumultuosa, estuvimos grabando disco y de gira, además a mí me fue mal estudiando por haber pasado demasiado tiempo fuera de casa, tenía las neuronas un tanto agitadas. En lo personal me iba fatal, claro. ¿Te acuerdas de mi novio? ¿Aquel que iba de artista? Nueve años más que yo tenía, aunque podía haber tenido quince menos y hubiera dado lo mismo. Acabó mal, como acabaron todas las que vinieron después. Eran todos mayores porque coincidió, y después porque me acostumbré y ya me hice a la idea de que ningún chico de diecisiete se iba a acercar a mí, pero yo en realidad soñaba con eso, con enamorarme de un chico de mi edad, empezar todo con él, salir a escondidas, emborracharnos juntos con dos cervezas, besarnos torpemente por primera vez con la luz baja. No ocurría, nadie en la escuela se acercaba a mí, tampoco en los bares. Como tenía el grupo era mucho más fácil establecer contacto con gente cercana a los treinta que a los veinte. Podías haber venido, haberme pedido el teléfono, haberme sonreído. Me habrías convencido con tus palabras, hubieras sido el chico encantador que necesitaba, que realmente necesitaba, el título de mi mejor canción. Tenía el corazón destrozado en mil pedazos, porque lo vendía a precio de saldo, casi lo regalaba a quien lo quisiera tomar. A veces creo que nadie comprende la soledad de ser niño o adolescente. De todas maneras es gracioso, porque nunca me he creído tan mayor como entonces.

 

            Te hubiera pedido el teléfono y quizá mandado algún mensaje, sí. Cuando ibas a aquel bar donde pinchaban tus amigos, al que yo mismo empecé a arrastrar a los míos, sólo para verte cada viernes, te hubiera invitado a una cerveza, porque ya me había fijado que sólo bebías cerveza, nada de copas. Me pasaba la vida preguntándome cómo sería tenerte en mis brazos, mientras me moría de celos de aquel imbécil con piercing que se decía tu novio, imaginaba cómo decirte lo que pensaba, me moría por que me sonrieras, que me hubieras prestado atención. Era un poco menos refinado que tú, la verdad: llevaba el pelo largo y mal cortado, los vaqueros rotos y una cadena oxidada enganchada a ellos, una cazadora de pana raída y una actitud muy de niñato grunge. Sin embargo me cautivaba tu aire de inocencia, esa pinta de niña recién salida del colegio, tus vestidos de flores y las merceditas. También cuando vestías camisetas de rayas y vaqueros acampanados, con una bolsa en bandolera, toda tu ropa de colores…y yo siempre vestido de negro o gris. Se supone que nosotros teníamos que odiaros, esas son las reglas de las pandillas, los grunges como yo odiamos a las poperas infantiloides como vosotras. Ahora me río cuando lo pienso, vaya estupidez. Estaba loco por ti, y no te enterabas de nada. Me daba rabia al mismo tiempo me resultaba extrañamente tierno. Hubiera sido más fácil de lo que pensaba entonces, de acuerdo, después de estar saliendo algún tiempo, unas semanas de ir a recogerte a la escuela, me hubiera olvidado previamente de mis clases, fumar unos cigarrillos en el parque, tras la muralla, algún beso al sol y muchos más en la oscuridad de los fines de semana, habría terminado sucediendo. Supongo que habríamos elegido un sábado por la noche. Sí, claro, te hubiera llevado a mi casa, siempre me quedaba los sábados solo en casa. Hubiera preparado todo concienzudamente. Habría comprado cuatrocientas velas, preparado una cena especial, comprado una botella de lambrusco. Ya de aquella cocinaba muy bien, aunque aún no sabía de vinos y el lambrusco me hubiera parecido la mejor de las opciones para una noche romántica. Hubiera puesto música suave, algún grupo británico, quizá Belle & Sebastian, algo que sé con seguridad que te hubiera gustado. Después de cenar estaría nervioso, bebiendo un poco más de la cuenta para disimular y perder la vergüenza. Mi habitación era para verla…llena de pósters de grupos en las paredes, carteles de conciertos…muy adolescente, sí. Te habría besado con cuidado, te habría soltado el pelo con mimo y cuidado, toda la ternura del mundo hubiera sido poca para ti. Después todo habría sido un poco desastre, como son las primeras veces para todo.

 

Me habría encantado, ¿me oyes? Encantado. Hubiera matado por ello, por tener una primera vez contigo. Espera, ¿por qué no lo hacemos así ahora? Quiero decir, podemos volver algún día y actuar como si fuera verdad. Ya sé que no es lo mismo, pero piensa lo divertido que sería. Vamos, no me digas que no, yo estoy pensando en ello casi como la secuencia de una película. Es posible que me hubiera comprado un conjunto simpático, algo de colorines, para que me vieras guapa. Me habría perfumado en rincones insospechados de mi cuerpo. Estaría como un flan de huevo, temblando como un pajarito recién nacido. Me daría una vergüenza espantosa, así que te habría pedido que apagaras la luz. “Bueno, vale, si no quieres apagarla déjala, pero tenue, nada directa.” Qué más…lo de la música me gusta, también lo del vino. Pensándolo bien, creo que es de vital importancia que lo hagamos un buen día. Olvida con quién fue la primera vez en realidad, porque para mí ya no hay realidad. Creo que es necesario que lo hagamos tal y como lo estamos planeando. Con cuatrocientas velas, perfume en el escote, lambrusco y música de Belle & Sebastian, con vergüenza, la luz baja, la torpeza de la inexperiencia, las risas nerviosas contenidas, el tembleque de la excitación desconocida, despertarme a la mañana siguiente por primera vez acompañada, un desayuno en común en tu cuarto de entonces. Creo que nos lo debemos, por el tiempo transcurrido, por el pasado en común. Por todo lo que recordamos, uno tan cerca del otro, pero siempre sin cruzarse.

 

En realidad ahora pienso que me hubiera gustado tener miles de primeras veces contigo, y si las tuve con otra gente fue para definir tu ausencia. Ahora lo comprendo todo, después de haberte encontrado tanto tiempo después. Perdona si entré en tu vida como un miembro de guerrilla comunista con toda la artillería pesada, pero es que si después de casi diez años no te decía todo lo que llevaba guardado, me tendría que haber esperado hasta los treinta y cinco, y me parecía demasiado insoportable.

 

            Yo sé que no tengo derecho a pedirte nada después de esto, pero tengo que hacerlo. Olvida todo lo que hiciste antes, sé que suena egoísta y horrible, pero podemos hacerlo por una noche. No existirán tampoco imbéciles con piercing que ocuparon este lugar antes. Te prometo que serás el primero para todo, que recuperaré el tiempo perdido, que no tendré ojos para nadie más, que seremos compañeros de batalla para todo, que estudiaremos la selectividad juntos, que te prestaré apuntes y planearemos una acampada libre un fin de semana, que compartiremos cigarrillos cuando tú no tengas para comprar, que vendremos a Madrid a estudiar y todos nos conocerán siempre juntos. Como dice la canción, yo quiero ser tu novia de la infancia, y qué si el pasado no se cambia podemos inventarnos nuestra historia, y si nos preguntan recitarla de memoria… ¿Qué me dices, te animas?

martes, 26 de mayo de 2009

Mi primera vez



Fotografía por: Cristina Martínez ---> http://www.flickr.com/photos/crisom/

Aquella noche no hicimos el amor, tampoco me apetecía, de hecho a ninguno de los dos nos apetecía. No llegue a dormirme en toda la noche y creo que él tampoco pudo hacerlo.
No me sorprendió que al despertar la cama estuviera vacía, ni siquiera abrí los ojos para comprobarlo, sólo extendí el brazo como cada mañana pero esta vez él no estaba.
Antes de despegar mis parpados me acaricié los brazos, los hombros y el alma durante unos segundos para tranquilizarme. Después de aquello, abrí los ojos.
Lo primero que vi no me hizo sentir mejor. Frente a mí, impasible, sobrio, complicado, imperturbable, colgado en la pared, una replica casi exacta de un Pollock que en las pasadas vacaciones se vino con nosotros de vuelta a casa. No me gustó allí y mucho menos colgado en el dormitorio, presidiendo nuestro amor, nuestra intimidad. Cada anochecer y amanecer, observador y juez de nuestras riñas y besos.
Comprobé una vez más que él se había ido. Como siempre, había dejado todas sus cosas en el loft. Treinta y cinco metros cuadrados impregnados aún de su esencia, decorados con su presunción y vanidad. No había espacio para el amarillo, tampoco para el verde, en realidad para ningún tono más haya de la gama de los grises. Y así me sentía yo, gris más gris que nunca.
Eche un vistazo a su colección de libros, luego a sus vinilos y de repente me tope con su amada colección de minerales y piedras preciosas. En los últimos años había crecido de un modo considerable llegando a ocupar casi las tres cuartas partes del mural en el salón. Y entonces sin previo aviso comencé a reírme, sí, sin duda me estaba riendo. Quizás no era el momento, estoy segura que si él pudiera verme ahora, me habría reñido. Mi novio me había dejado hacía apenas unas horas y allí estaba yo riendo sin parar, lo que había empezado como una tímida sonrisa se había convertido en una carcajada ensordecedora.
Yo también pertenecía a su querida colección de piedras preciosas. Así lo explicaba él cuando invitábamos a algún amigo a casa, “ella completa mi colección” decía. Era cierto, así me hacia sentir como una piedra más de su absurdo y estúpido muestrario. Yo no era ni más ni menos que la turmalina del segundo estante, o que la rodonita que tanto le había costado conseguir hacia ya años.
No era la primera vez que me abandonaba, él siempre huía así. Por eso no me extraño encontrarme sus pertenecías en casa. No se había llevado nada, así que supuse que era una de tantas veces en las que como bien indicaba la nota que esta vez también había dejado en la mesa de la cocina, sólo necesitaba respirar y pasar tiempo alejado de mí.
La diferencia entre ésta y las anteriores veces era precisamente que esta vez yo estaba dispuesta a dárselo, a dárselo todo. Le dejaría que cogiera aire, todo el del mundo y por supuesto me mantendría alejada. Ya no le llamaría por teléfono intentando convencerle para que volviese a casa.
Después de unos minutos mirando al infinito sin saber muy bien que hacer ni a donde ir, mire el reloj. Me alegre sabía que aún no había pasado el camión de la basura, así que, sin perder ni un segundo fui corriendo al dormitorio, descolgué nuestro apreciado Pollock, cogí las llaves de casa y medio desnuda salí a la calle esperando encontrar aún los cubos de la basura.
Abrí la puerta de casa. Sólo había estado unos minutos fuera, habían sido suficientes para que se me congelara hasta el aliento. Me miré en el espejo de la entrada y volví a sonreír, algo me decía que todo iba a salir bien. Cogí unas tijeras amarillas, creo que era lo único amarillo que había logrado sobrevivir a la criba de cosas que desentonaban en nuestra nueva vida.
Nunca antes me había cortado yo misma el pelo y jamas lo había llevado corto. Elegí al azar uno de mis mechones y lo corte. Cayó al suelo a cámara lenta tan negro y delicado. Sentí un vuelco en el estomago, fui cortando uno a uno los mechones de pelo hasta sentir por primera vez como mi cuerpo flotaba. Durante un instante fui ingrávida, durante un instante fui etérea.

lunes, 4 de mayo de 2009

NOSOTRAS CONTAMOS (Curso de escritura creativa)

"Uno de los principales motivos para hacer algo es ese ineludible ¿y por qué no?"

Él próximo 11 de mayo comienza un nuevo curso de escritura creativa para mujeres en Hotel Kafka.

!Todavía quedan plazas!

LAS ALUMNAS OPINAN SOBRE NOSOTRAS CONTAMOS

"¡Sorprendentemente eficiente! En ocho semanas recorrí técnicas que consiguieron que mis cuentos fueran por fin redondos, cerrados, contundentes. Rosa crea una atmósfera en cada clase, que te trasporta a la imaginación misma. Es tu hora y media de la semana"
PAULA TOURAL
El taller Nosotras Contamos es un poco como caer en el agujero del conejo. Es como ir a través del espejo No estoy muy segura. Sólo sé que nunca me he sentido tanto como Alicia en el país de la Maravillas. Rosa, como una magica tejedora de alfombras, es capaz de tejer un tapiz de imágenes, palabras y pensamientos que crean un espacio de color, sueños, palabras y metáforas. Se lo recomiendo a cualquier mujer dispuesta a viajar, a través de un vidrio, por un agujero, en sí misma ...
Karishma Chugani
Es tan delicada en los detalles que incluso su voz se abriga con un foulard de algodón. Acompaña sus frases con un gesto de la mano derecha que a priori recordaría a Italia pero que en ella es puro zen. Lleva bolígrafos en la mirada y una discreta libreta en su ritmo de escucha. Tiene piernas de colores y vestidos que piensan que el invierno es una frase hecha. Ella sabe reir, mucho, gratis, a bocajarro, sin anestesia.La escogí a ella porque enseña y yo siempre he sentido debilidad por las regaderas, que lo mismo hacen brotar un trébol de cuatro hojas que una margarita en la autopista.
Elena Yotti
En el taller de Rosa hay de todo: diversión, aventura, descubrimiento...Paloma MesonerosPersonalmente Rosa me ha enseñado a descubrir y doblegar un gerundio desbocado, que hacía estragos en mis textos, a ser más concisa y evitar unas frases laaargas de las que no era consciente y que restaban agilidad a mis relatos.Aparte de ayudar a mejorar el estilo de cada cual, el taller aporta recursos para enfrentarse sin tapujos a la temida hoja en blanco, hace entrar en una dinámica que echa a volar la imaginación e incita a coger la pluma. Te pone en contacto con gente de inquietudes afines, de cuyos escritos y diferentes visiones también se aprende mucho.Yo se lo aconsejo a todo aquel que disfrute escribiendo, leyendo, escuchando, aprendiendo y riendo, todo en una.
Elena “Ladetroya”
ROSA ME HA AYUDADO A LEER DENTRO DE MÍ Y A LLEVARLO DESPUÉS AL PAPEL PARA QUE LO PUEDAN LEER OTROS, Y YO MISMA, QUE ES UNA FACETA BONITA QUE NO CONOCÍA EN MÍ. SEGUIRÉ HACIÉNDOLO. GRACIAS, ROSA.
Maria Rosario Sanz Cuesta
Esperaba los lunes con impaciencia porque era un momento que había hecho mío a través de Rosa. El mejor del día, con el gusanillo en el estómago y los nervios asomando. Escogía cuidadosamente un bolígrafo de punta fina y un cuaderno sin estrenar, y aunque a veces desatendía las tareas nunca me olvidé de estrenar emoción. Rosa ha ido extrayendo con la pericia de un cirujano lo mejor de cada una y nos ha hecho sentir capaces y únicas. Luego fueron las risas y un espacio para compartir. Un espacio para vivir, porque de eso se trata, ¿no?
Marta de Diego

martes, 21 de abril de 2009


Esta espera me va a matar. Si es que no tenía que haber venido tan pronto, con lo bien que se estaba en la cama. ¿Y para qué quiero estar acostada?, si total, no duermo, en cuanto veo claridad se me abren los ojos como a un mochuelo. Lo peor es que he salido sin lavarme la cara y juraría que tengo una legaña y grande, porque esa señora no deja de mirarme a un punto concreto entre la nariz y el carrillo. Pues yo muy digna, ni me inmuto. No me la pienso quitar, a partir de ahora, voy a ir con la legaña por la vida como si fuera un lunar. Si alguien me pregunta, le diré: “es de nacimiento”. Además la ventaja es que de ésta no van a salir pelos. Decidido, me la quedo. Mira, la primera decisión del día y bastante acertada, si van a tener razón los que dicen eso de “a quien madruga, Dios le ayuda”. Ay, me esta rodilla se me resiente. De estar de pie, ya podían poner unas banquetas o algo, que mira que son desconsiderados, encima que venimos... Lo que es la edad, no me levanto un día sin que me duela algo, la de sitios que hay en el cuerpo, oye, y además todos capaces de dolerte. Me estoy acordando de cuando se me agarrotó el dedo gordo de la mano derecha y no podía coger nada: ni el peine, ni un boli, ni ponerme las medias siquiera, que tuve que ir una semana en pleno mes de febrero a pierna descubierta por la calle. Ahí es cuando te das cuenta de que el otro brazo lo tienes por pura simetría y estética, porque para lo que sirve... Lástima no haber heredado el uso de las dos manos como mi padre y mis primos, que es una gloria verlos jugar al frontón: ahora cojo la raqueta por aquí, ahora por allá, ahora te pego un bofetón con la derecha, ahora con la izquierda... Qué aburrimiento de espera. Aprovecha para centrarte en lo importante, que luego dirás que no has tenido tiempo de pensar y terminarás tomando la decisión equivocada. Analiza la situación. Ya me decían los profesores en el instituto que valía para Ciencias: “eres lista, trabajadora, responsable y con capacidad de análisis”, lo que mis compañeras de clase entendían como “empollona y pelota”. Pues al final, ni una cosa ni otra: ni Ciencias ni Letras. Que con la enfermedad de mamá, pobrecita mía, no me quedó más remedio que cuidar de mi padre y mis hermanos, ¿dónde habría llegado yo si hubiera estudiado?, igual ahora era una ejecutiva de esas con traje y maletín de piel. Por cierto, ¿qué llevarán en el maletín?, a lo mejor un tupper con las albóndigas para la hora de la comida... Parece que me rasca el estómago, si es que ni un café me he tomado, con las prisas por llegar la primera, total para qué, si ya había un montón delante, ¿y si pido que me guarden la vez y me voy a por unos churros? No, no, que luego se monta un Cristo que para qué. Entonces vamos a ver, ¿qué elijo?, hay que aprovechar la situación, que no todos los días te ves en ésta y te llevas lo único que hay. Por un lado ese de ahí me gusta porque tiene la mirada viva y los ojillos brillantes, parece hasta simpático; ahora que el otro ya me ha mirado varias veces con disimulo, pero tiene una expresión tristona que no sé.... ¡para penas estoy yo! Pero pensándolo bien, el mohíno tiene un cuerpazo, tenso y duro, si pudiera tocar... ¡ni pensarlo!, que estas son capaces de lincharme al mínimo movimiento. Sí, el otro es bastante fofo y para fofa ya estoy yo. ¡Qué dilema, madre mía!, además al blandito parece que le suda el alerón, porque tiene un tufillo a revenido. Por cierto, tengo que acordarme de comprar desodorante, que no me queda, uno que no sea muy denso para que no se me enreden los pelos, voy a probar ese que sale en la tele que luego te siguen los hombres por la calle a ver si funciona. ¡Uy!, el de los ojos tristes y el cuerpazo me ha vuelto a mirar, me estoy poniendo un poco nerviosa y ya me empiezan a sudar las manos, creo que me inclino por este, aunque no me había fijado en el cabezón que tiene, ¡por Dios! ¡Si se parece al Aurelio, que su madre gastaba la mujer tres ovillos de lana para hacerle un gorro y nunca le llegaba para la borla! Me estoy poniendo nerviosa, que ya me va a tocar y yo aquí con tantas dudas. Mira, me quedo con el fofo de ojos alegres, ya le pasaré el desodorante, además tiene la piel rosadita y así hace contraste con mi color renegrido. Que ya me toca.

- A ver, la siguienteee.
- ¿Me pone ese besugo de ahí?
- Cómo quiere que se lo prepare.
- Límpiele las tripas y con cabeza, para hacer al horno.

martes, 14 de abril de 2009

Bloopy, El Amigo Chocolate




Manolo era un chico flaco, torpe, pero con ojos amables y suaves manos. Tímido, pero con una sonrisa de bienvenida. En su séptimo año, todavía no había adquirido el coraje suficiente para hacer amigos. Podía jugar con otros niños y niñas en el patio de recreo. Pero todavía no había hecho un verdadero compañero, con quien poder caminar a casa desde la escuela; ni uno con quien compartir sus secretos graciosos.

Por esta razón, Manolo empezó a sentirse muy solo. Hasta que un día, descubrió por primera vez, que tenía una extraordinaria capacidad para viajar con su imaginación. La
primera vez que
viajó con su imaginación, pensó que era el único niño con este talento y esto le hizo sentir muy especial.

En su primer viaje imaginario, Manolo fue a una tierra en la que cada casa parecía de chocolate. Allí, se reunió con una divertida criatura, que era una mezcla entre un gato y un globo. Su nombre era Bloopy y le gustaba comer magdalenas, así como otras deliciosas piezas de las casas de la tierra de los dulces..

Debido al hecho de que era en parte globo, Bloopy se vió obligado a comer continuamente para seguir siendo gordo. Si alguna vez llegase a estar un poco más flaco, flotaría hasta el cielo, y dejaría el delicioso mundo de las casas comestibles.

Además, tenía un talento singular, debido a su gran forma redonda, daba los mejores abrazos del mundo y era muy cariñoso.



Por primera vez en su vida, Manolo no fue tímido y de inmediato se convirtió en un gran amigo de Bloopy. Fue en el momento en que sonó la campana de la escuela, que un grupo de niños sacudió Manolo fuera de su mundo imaginario. Se rió tanto que olvidó su timidez y finalmente fue capaz de hacer amigos.

lunes, 30 de marzo de 2009

EN AUSENCIA


Parece que tanto trabajo por resolver en la oficina había retrasado su hora de llegar a casa, y se acopló a su rutina de cerveza, sillón y balanceo, mientras dejaba vagar la mirada por el salón.

En el rincón más alejado una planta arrastraba sus hojas lacias acariciando el suelo, en una búsqueda infructuosa de agua. Trajeron las semillas con mucho cuidado de su último viaje, y Verónica las sembró y cuidó hasta lograr que floreciera un hermoso vegetal. Mañana sin falta lo regaría.

Por los altavoces de la minicadena se desparrama el piano del gran Thelonius mientras tararea sin percatarse The world that we used to know, People tell me it don't turn no more. Solía cantar mientras trasteaba por la casa porque a Verónica le gustaba escucharle. Debería levantarse y preparar algo de cena, algo ligero, quizá unos sándwich y una ensalada. Imposible, en la nevera, esta mañana, apenas quedaba un paquete de leche, unos tomates casi negros, dos o tres cervezas y un envoltorio de papel con Dios sabe que cosa dentro. Bueno otra cerveza, entonces.

Se dirigió a la cocina y abrió otra cerveza, dejando la lata vacía en el fregadero, en la cúspide de una montaña de platos y vasos en equilibrio cubiertos de restos resecos de alimentos. Le pareció muy curioso que todos los colores de la comida se hubieran convertido en marrón: el rojo de la salsa ketchup, el blanco de la nata, el amarillo de la yema de huevo... pero en fin, cosas de la química. Este fin de semana tendría que hacer algo de compra, bajar las bolsas de basura y quizá limpiar un poco.

Sintió un escalofrío y se dio cuenta que no había dejado la calefacción conectada cuando salió de casa al amanecer: vaya -pensó con fastidio-, a ver si llega la primavera de una vez. Decidió ponerse el pijama calentito que Verónica le regaló por Reyes. Al abrir el armario reparó en lo holgados que colgaban sus trajes y en el aspecto monocromo que ofrecía. Ni una camisa fuera de su sitio, ni una media colgando entre los cajones, ni siquiera ese olor a humo desgastado. Todo en su lugar.

Se sentó en la cama, sobre el edredón blanco había una huella oscura y rectangular del tamaño de una maleta. Nunca le habían gustado los edredones blancos, sin duda lo cambiaría por uno de algún tono azul, o rojizo quizás. Tampoco le gustaban las maletas rojas, le parecían poco serias.

Acomodado en su sillón preferido balanceaba su perfil adelante y atrás en una melodía monocorde. Thelonius ya no rasgaba el aire vacío de la habitación. El sol hacía rato que había muerto en los cristales y las lágrimas que nunca existieron empezaron a resbalar lentamente por su rostro.