lunes, 30 de marzo de 2009

EN AUSENCIA


Parece que tanto trabajo por resolver en la oficina había retrasado su hora de llegar a casa, y se acopló a su rutina de cerveza, sillón y balanceo, mientras dejaba vagar la mirada por el salón.

En el rincón más alejado una planta arrastraba sus hojas lacias acariciando el suelo, en una búsqueda infructuosa de agua. Trajeron las semillas con mucho cuidado de su último viaje, y Verónica las sembró y cuidó hasta lograr que floreciera un hermoso vegetal. Mañana sin falta lo regaría.

Por los altavoces de la minicadena se desparrama el piano del gran Thelonius mientras tararea sin percatarse The world that we used to know, People tell me it don't turn no more. Solía cantar mientras trasteaba por la casa porque a Verónica le gustaba escucharle. Debería levantarse y preparar algo de cena, algo ligero, quizá unos sándwich y una ensalada. Imposible, en la nevera, esta mañana, apenas quedaba un paquete de leche, unos tomates casi negros, dos o tres cervezas y un envoltorio de papel con Dios sabe que cosa dentro. Bueno otra cerveza, entonces.

Se dirigió a la cocina y abrió otra cerveza, dejando la lata vacía en el fregadero, en la cúspide de una montaña de platos y vasos en equilibrio cubiertos de restos resecos de alimentos. Le pareció muy curioso que todos los colores de la comida se hubieran convertido en marrón: el rojo de la salsa ketchup, el blanco de la nata, el amarillo de la yema de huevo... pero en fin, cosas de la química. Este fin de semana tendría que hacer algo de compra, bajar las bolsas de basura y quizá limpiar un poco.

Sintió un escalofrío y se dio cuenta que no había dejado la calefacción conectada cuando salió de casa al amanecer: vaya -pensó con fastidio-, a ver si llega la primavera de una vez. Decidió ponerse el pijama calentito que Verónica le regaló por Reyes. Al abrir el armario reparó en lo holgados que colgaban sus trajes y en el aspecto monocromo que ofrecía. Ni una camisa fuera de su sitio, ni una media colgando entre los cajones, ni siquiera ese olor a humo desgastado. Todo en su lugar.

Se sentó en la cama, sobre el edredón blanco había una huella oscura y rectangular del tamaño de una maleta. Nunca le habían gustado los edredones blancos, sin duda lo cambiaría por uno de algún tono azul, o rojizo quizás. Tampoco le gustaban las maletas rojas, le parecían poco serias.

Acomodado en su sillón preferido balanceaba su perfil adelante y atrás en una melodía monocorde. Thelonius ya no rasgaba el aire vacío de la habitación. El sol hacía rato que había muerto en los cristales y las lágrimas que nunca existieron empezaron a resbalar lentamente por su rostro.

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