jueves, 26 de marzo de 2009

LA PRIMERA VEZ


La primera vez que mi orgullo se impuso a mi inconsciencia, conseguí volar sin ninguna ayuda, y también una hermosa brecha en la frente.

Eran los años en que ser la más pequeña consistía en correr tras la caterva de primos que salían disparados en sus flamantes bicicletas. Al grito de -¡esperadme!- creía posible alcanzarlos sólo con el ímpetu de mis piernas. Más la realidad se traducía en que, al cabo de una corta distancia, el pelotón se alejaba dejándome desconsolada y huérfana en mitad de la calle, y volvía hacia mi casa tragándome las lágrimas y dando patadas a las piedras y a los gatos.

Sólo tenía que crecer un poco más para que mi padre bajara la bici del desván. Yo la había visto. Entre montones de cachivaches, muebles viejos cubiertos de polvo, uvas puestas a secar y utensilios ignorados y de uso desconocido, la había descubierto. No sé como llegaría allí, ni los años que llevaría olvidada, desde luego no era resplandeciente, ni de colores brillantes como las demás, pero sería mía. Era una bicicleta antigua, totalmente oxidada, con las rueda muy grandes y, lo más preocupante: una barra horizontal dispuesta del sillín al manillar. Los manguitos estaban comidos por los ratones y por debajo del cuero del asiento asomaba un muelle sospechoso. Lo peor: el timbre no funcionaba, atascado por la herrumbre. Pero iba a ser mía, sólo tenía que esperar un tiempo.

Y mientras, a dar vueltas por la plaza en mi triciclo.

Fue ese verano, cuando llegó un chico nuevo de la ciudad, Juanito, el hijo de unos conocidos de mis padres. Era un par de años mayor que yo, y como no conocía a nadie, me lo endosaron a mí para que no estuviera solo. Era bien raro. Tenía la piel blanquísima y una mata de pelo muy negro y áspero que le tapaba las orejas; no le gustaba la sopa y siempre merendaba bocadillos de queso. Pero lo mejor es que no sabía montar en bici, y yo ya no me quedaba abandonada cuando el conjunto de niños iniciaban sus carreras.

Y así llegó otra tarde, otra persecución infructuosa detrás de los ciclistas, y otra sesión de vueltas en mi triciclo. Pero esa tarde sería diferente a las demás en el momento que levanté la vista y la vi. Mi bici oxidada y fea ya no estaba en el desván, estaba en la plaza. Y encima de ella, estaba el culo de Juanito, el traidor. Se aferraba como podía al manillar e intentaba sin éxito poner los pies sobre los pedales. Pero no lo conseguía y mi padre se afanaba porque no cayera al suelo.

Abandoné mi triciclo allí mismo sin dignarme a aparcarlo y me dirigí hacia ellos, apretando los dientes y los puños, grité:

- ¡Papá!, ¿qué hace él en la bici? Esta bici es mía. ¡Mía!
- Pero Marta –dijo mi padre con voz conciliadora- si tú no sabes montar en bici. Y eres muy pequeña para aprender todavía.
- ¡Pero es mía! –no había más que hablar.
- Bueno, pero este año se la vamos a prestar a Juanito, hasta que tú crezcas.
- No, no quiero, es mía.
- Marta, –mi padre empezaba a perder la paciencia- no sabes montar .me respondió muy serio-, y además es una bici de chico, ¿no ves esta barra de aquí?, las de chica no la llevan.
- Es mía, y además –dije agarrando el manillar- sí sé montar en bici.

Mi padre me miró con cara de reprobación. No le agradaban nada las mentiras.

- Sé montar –insistí.
- ¿Ah, sí? ¿Sabes montar? Pues demuéstramelo y te doy la bici, pero como ya sabes, yo no te voy a ayudar –sonrió de forma sibilina.

Sujeté la bici, era más alta de lo que parecía y no alcanzaba a subirme. Y no sólo eso: no tenía ni idea de cómo iba a conseguir mantener el equilibrio en dos ruedas.

En vista de que no iba a conseguir la más mínima ayuda, la conduje al lado de una pared donde había un poyo. Me subí y pasé una pierna hacia el otro lado igual que cuando montaba en el burro, hasta encaramarme en el sillín, que estaba altísimo. Un pie apoyado en el poyo y otro colgando porque no alcanzaba al pedal. A escasos metros, comenzaba la cuesta del lavadero, por donde se nos caía siempre la pelota hasta llegar a los huertos. ¿Qué no sé montar en bici? –pensé-. Vais a ver.

Agarré con fuerza el manillar –mientras, mi padre observaba entre divertido y preocupado mi secuencia de movimientos- y di un fuerte impulso con el pie en la superficie del poyo. La bici comenzó a desplazarse hacia la cuesta. Como no sabía qué hacer con las piernas, las abrí todo lo que pude y así me lancé cuesta abajo a toda velocidad. En ese momento comencé a volar. Pero no me caía, y era una sensación fantástica. Oí a mi padre gritar -¡frena!-, y por el rabillo del ojo le vi correr hacia mí, pero no me alcanzaba y además yo no sabía frenar. Continuaba volando hasta que aterricé contra una pared de piedra que cercenaba la cuesta. La bici a un lado y yo al otro. Ella con una rueda girando como un molinete y yo con un corte limpio en la frente del que brotaba la sangre. Pero feliz.

- ¿Ves como sabía montar? –le dije a mi padre, mientras él me levantaba del suelo e inspeccionaba mi cabeza.
- Claro que sí, Marta. Desde hoy podrás coger tu bici todos los días –respondió mientras me abrazaba.

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