martes, 26 de mayo de 2009

Mi primera vez



Fotografía por: Cristina Martínez ---> http://www.flickr.com/photos/crisom/

Aquella noche no hicimos el amor, tampoco me apetecía, de hecho a ninguno de los dos nos apetecía. No llegue a dormirme en toda la noche y creo que él tampoco pudo hacerlo.
No me sorprendió que al despertar la cama estuviera vacía, ni siquiera abrí los ojos para comprobarlo, sólo extendí el brazo como cada mañana pero esta vez él no estaba.
Antes de despegar mis parpados me acaricié los brazos, los hombros y el alma durante unos segundos para tranquilizarme. Después de aquello, abrí los ojos.
Lo primero que vi no me hizo sentir mejor. Frente a mí, impasible, sobrio, complicado, imperturbable, colgado en la pared, una replica casi exacta de un Pollock que en las pasadas vacaciones se vino con nosotros de vuelta a casa. No me gustó allí y mucho menos colgado en el dormitorio, presidiendo nuestro amor, nuestra intimidad. Cada anochecer y amanecer, observador y juez de nuestras riñas y besos.
Comprobé una vez más que él se había ido. Como siempre, había dejado todas sus cosas en el loft. Treinta y cinco metros cuadrados impregnados aún de su esencia, decorados con su presunción y vanidad. No había espacio para el amarillo, tampoco para el verde, en realidad para ningún tono más haya de la gama de los grises. Y así me sentía yo, gris más gris que nunca.
Eche un vistazo a su colección de libros, luego a sus vinilos y de repente me tope con su amada colección de minerales y piedras preciosas. En los últimos años había crecido de un modo considerable llegando a ocupar casi las tres cuartas partes del mural en el salón. Y entonces sin previo aviso comencé a reírme, sí, sin duda me estaba riendo. Quizás no era el momento, estoy segura que si él pudiera verme ahora, me habría reñido. Mi novio me había dejado hacía apenas unas horas y allí estaba yo riendo sin parar, lo que había empezado como una tímida sonrisa se había convertido en una carcajada ensordecedora.
Yo también pertenecía a su querida colección de piedras preciosas. Así lo explicaba él cuando invitábamos a algún amigo a casa, “ella completa mi colección” decía. Era cierto, así me hacia sentir como una piedra más de su absurdo y estúpido muestrario. Yo no era ni más ni menos que la turmalina del segundo estante, o que la rodonita que tanto le había costado conseguir hacia ya años.
No era la primera vez que me abandonaba, él siempre huía así. Por eso no me extraño encontrarme sus pertenecías en casa. No se había llevado nada, así que supuse que era una de tantas veces en las que como bien indicaba la nota que esta vez también había dejado en la mesa de la cocina, sólo necesitaba respirar y pasar tiempo alejado de mí.
La diferencia entre ésta y las anteriores veces era precisamente que esta vez yo estaba dispuesta a dárselo, a dárselo todo. Le dejaría que cogiera aire, todo el del mundo y por supuesto me mantendría alejada. Ya no le llamaría por teléfono intentando convencerle para que volviese a casa.
Después de unos minutos mirando al infinito sin saber muy bien que hacer ni a donde ir, mire el reloj. Me alegre sabía que aún no había pasado el camión de la basura, así que, sin perder ni un segundo fui corriendo al dormitorio, descolgué nuestro apreciado Pollock, cogí las llaves de casa y medio desnuda salí a la calle esperando encontrar aún los cubos de la basura.
Abrí la puerta de casa. Sólo había estado unos minutos fuera, habían sido suficientes para que se me congelara hasta el aliento. Me miré en el espejo de la entrada y volví a sonreír, algo me decía que todo iba a salir bien. Cogí unas tijeras amarillas, creo que era lo único amarillo que había logrado sobrevivir a la criba de cosas que desentonaban en nuestra nueva vida.
Nunca antes me había cortado yo misma el pelo y jamas lo había llevado corto. Elegí al azar uno de mis mechones y lo corte. Cayó al suelo a cámara lenta tan negro y delicado. Sentí un vuelco en el estomago, fui cortando uno a uno los mechones de pelo hasta sentir por primera vez como mi cuerpo flotaba. Durante un instante fui ingrávida, durante un instante fui etérea.

1 comentario:

MarietaDaMás dijo...

dimequetodovasalirbien... me gusta mucho esta primera vez, ingrávida y etérea... vaporosa... con la certeza de que todo va a salir bien... chicas, faltamos nosotras...
Lindo martes con ansia de playa