lunes, 16 de marzo de 2009

LA HACEDORA PRODIGIOSA


Juana no sabía por qué se le escurría el tiempo entre las manos.

Desde muy pequeña, le habían enseñado a servirse de ellas para resolver sus necesidades cotidianas y ella había puesto tanto empeño que llegó a destacar en todas las labores que emprendió.

Allá, en el pueblo donde se crió y transcurrió su vida, sus manos pasaron de ser necesarias a solicitadas y, más tarde, celebradas entre vecinos y visitantes.

La primera persona que supo ver sus habilidades fue su madre. Por más que mirara y volviera a mirar, acercándose a la bombilla, las medias y calcetines zurcidos por Juana, nunca encontraba una hebra torcida, ni una puntada fuera de lugar, tal era su destreza. Así pasó su infancia, cosiendo metros y metros de tela, rodeada de ovillos de colores mientras oía por la ventaba los juegos de las niñas y sus canciones. Era feliz. Su familia era la mejor vestida del pueblo. Y su padre, el más apuesto y elegante los domingos en el baile.

Más tarde empezó a descubrir los secretos de la cocina. Su abuela, conocida por hacer las mejores migas de la comarca, la fue introduciendo en el arte de preparar los alimentos. La enseñó a curar jamones, hacer mermeladas, conservas de verduras, chorizos de orza, asados de cordero, compota de manzanas, morcillas con arroz, caracoles en salsa picante, perdices escabechadas, buñuelos de viento, cocido los viernes, cangrejos en salsa, torrijas al vino y, por supuesto, las famosas migas. Poco a poco, se fue corriendo la voz de lo que allí se cocía, y con el tiempo, la casa de Juana se fue haciendo famosa en los alrededores. Todo el mundo quería ser invitado a comer por la familia, y los vecinos esperaban con avidez mal disimulada el advenimiento de alguna celebración familiar con invitación extensiva: nacimiento de algún nuevo retoño, bautizos, comuniones, bodas, e incluso, me atrevería a decir, algún entierro. Luego empezó a ser solicitada para eventos de más categoría: la recepción por parte del alcalde del diputado de la zona, la llegada anual del obispo para las confirmaciones, las cacerías del Secretario y sus colegas, e incluso las reuniones de pastores para el reparto de pastos.

Así pasó su juventud, feliz, observando las caras satisfechas y distendidas de los comensales a los que alimentaba. Mientras, sus amigas le contaban al oído, el nombre del último chico con quien habían bailado ese domingo, los mozos que las pretendían y la ubicación estratégica de los mejores graneros del pueblo.

Entre guiso y guiso, su padre, que andaba achacoso y no salía tanto al campo, comenzó a enseñarle la industria de tejer cestos. Y Juana se sintió fascinada por ese arte. Muy de mañana, con el rocío aún abrigando la hierba, padre e hija caminaban hasta la orilla del río. Allí, elegían con mucho mimo los mejores mimbres, frescos y verdes, cortaban los que iban a utilizar, y regresaban a casa empapados y contentos. Sacaban un par de sillas a la puerta y pasaban la mañana trenzando y contando historias que ya se habían relatado una y otra vez. Con el tiempo, de las manos de Juana brotaron los más hermosos cestos que uno pueda imaginar. Cestos ovalados, redondos, planos, con un asa, con dos, con dibujos en diagonal, en espiral, de varios colores y los más variado usos: cestos para recoger patatas, para llenarlos de huevos, de ropa, de fruta, de botones, de rosquillas…

A nadie se le ocurría utilizar un cesto que no hubiera aparecido de las manos de Juana, no había cesto en el mundo que pudiera competir con aquellas maravillas: livianos como plumas y a la vez tan resistentes, con los mimbres trenzados de forma tan exquisita que parecía que habían brotado allí mismo y nunca supieran del río donde nacieron. Empezaron a llegar al pueblo gentes de fuera para comprar los cestos de Juana, venían familias, vendedores ambulantes, fruteras de la capital.

Su casa se fue llenando de cestos y vaciando de habitantes. Se fueron sus abuelos, su padre, y más tarde, su madre. Sus hermanos casaron y recibieron una cuna hecha de mimbre por cada uno de sus hijos.

Así Juana se fue haciendo vieja, cada día un poco más. Se le fue desvaneciendo la vista, la fuerza en las rodillas, los dientes, la memoria… Y aunque sus manos no envejecían y seguían ágiles y capaces, ella estaba triste, muy triste, porque sentía que el tiempo se le escapaba entre las manos, y esas manos, que habían sido capaces de concebir tantos prodigiosos no sabían retenerlo.

Y llegó el día en que Juana se fue yendo, acostada en su cama y rodeada de cestos, con las manos descansando en su regazo por primera vez. Las manos que no supieron retener el tiempo porque nunca habían acariciado un rostro, recorrido un cuerpo o rozado apenas la piel de un ser amado.

1 comentario:

NOSOTRAS CONTAMOS dijo...

que precioso tu cuento Marta.
Me ha encantado!!!!
TRILCE