lunes, 16 de marzo de 2009




Camino rápido observando las puntas deslucidas de mis zapatos. La mirada baja a ras de suelo, sorteando papeles, restos de cigarrillos y alguna hoja que claudicó en otoño. El bolso azul que tanto me gustaba, aferrado a la cadera, balancea levemente el compás de mis pasos. No puedo llegar tarde. Ya no. Ahora no.

Demasiadas ocasiones apostando lo que me faltaba contra lo que había malgastado, para perderlo el mismo número de veces que lo había ganado. El resultado: nada. O la totalidad de la ausencia.

El frío que anuncia la noche sube por la Gran Vía, me pule el rostro y mueve las puntas de mi cabello que asoman bajo mi gorro. Aprieto el puño dentro del bolsillo del abrigo alrededor del pequeño amuleto que ella me regaló. Un muñeco de plástico blando, barriga protuberante y ojos alucinados. Está aquí. Conmigo.

Apresuro mis pasos sabiendo que dentro de unos instantes habré llegado y ya no habrá vuelta atrás. Ni oportunidad de arrepentirse. Ni hueco para el azar. Ella me espera en la puerta, me invita a entrar con una sonrisa y atravesamos un pasillo estrecho que da entrada a la estancia. Por fin. Ya estoy.

Junta las manos y me informa que mi estancia aquí se limitará a siete días, ni más ni menos. En ese tiempo debo escoger un recuerdo de mi vida, exceptuando cualquier otro. Hay que escoger con cuidado –dice- pues será el único recuerdo que podré llevarme al otro lado.
[Continuará...]

No hay comentarios: