lunes, 23 de marzo de 2009

El Castigo



Érase una vez un pintoresco pueblecito cuyo alcalde tenía una hija déspota y altanera, quien, desde que tuvo uso de razón, a todos hostigaba con su desdén y sus arbitrarios antojos.

Como era propietario de casi la totalidad de las tierras que trabajaban los habitantes de la región, y la hija el único amor que albergaba su alma, consentía el mandatario todos los antojos de la bella, y a los aldeanos no les quedaba más remedio que sufrir las continuas tropelías sin rechistar.

La situación había acabado acumulando multitud de anónimos de protesta con el matasellos del pueblo, y el corregidor de la zona decidió finalmente enviarme a mí, su secretario, para investigar en calidad de representante lo que allí acontecía.

Me hice pues en camino una tarde gris, con tan mala fortuna, que se averió el vehículo que conducía a pocos kilómetros de llegar a destino. No tuve otra opción que aceptar la bicicleta de un labriego que por allí pasaba y que apremió a que me sirviese de su medio de transporte al conocer el motivo del viaje, en el que pareció encontrar algo hilarante.

Sólo había recorrido las primeras callejas del pueblo cuando no di crédito a lo que se ofreció de pronto a la vista: Del fondo de la calle por la que caminaba apareció una enorme cápsula, redonda y transparente, que encerraba lo que parecía ser un maniquí de escaparate. Aquella mole avanzó moviéndose hasta llegar a mi altura, continuó al doblar de una curva, produciendo un redoble sordo y amortiguado con sus rebotes en el asfalto, que, por el tamaño y aparente peso, obedecía a no sé qué ley contraria a la física, y obligó a agacharse a un pobre hombre, que se hallaba en su trayectoria, y quien sólo así pudo evitar le golpease.

Pude apreciar que la figura femenina que confinaba no era un ser inanimado, sino una esbelta muchacha de carne y hueso, que, con los brazos levemente alzados en su rigidez de muñeca y expresión de asombro, parecía flotar inánime, como congelada en una instantánea. Avanzaba lenta y majestuosa en su esfera, con el pelo recogido en un alto y tupido moño. Iba ataviada con lo que parecía un moderno traje de novia, largo y entallado, de un blanco sobrio y elegante que sólo se veía roto por unos pocos adornos de flores estratégicamente prendidos.

Más me extrañó si cabe la reacción del hombre, quien enseguida procedió a incorporarse muy tranquilo, vació en la acera el cubo que llevaba y se giró para entrar en el portal del que había salido. Allí le intercepté, me presenté y pedí una explicación de lo que acabábamos de presenciar.

El lugareño se quitó la boina, muy respetuoso, y aclaró que ese alma en pena era la hija del alcalde. El día antes de su casamiento con el soltero más adinerado de la comarca, había obligado a su padre a emitir un edicto en el que se conminaba a toda la población a postrarse ante ella. Aprovechó la déspota esa misma tarde para pasearse por la villa del brazo del prometido, y presumir así ante él del efecto que causaba su presencia en los lugareños. Este nuevo abuso disgustó mucho a los vecinos, quienes, aunque no osaron eludir la orden, se plegaban todos con visible desgana y sin rendir verdadera pleitesía a la antojadiza.

Fue darse cuenta de la insumisión de las gentes, e irse enojando cada vez más la muchacha. Cuando entró en casa de la costurera, donde iba a probarse el vestido de novia, ya echaba chispas. Habían acabado de hacerle los últimos ajustes, cuando decidió salir a la calle, donde la esperaba el novio, enfrascado en una charla con el notario, para mostrarle el vestido y lucirse ante él, aun antes de la fecha señalada y haciendo caso omiso a la tradición. Al salir tan apresuradamente, chocó con una pobre anciana que justo pasaba por delante. No bastante con haberla derribado comenzó a gritarle improperios, presa de la ira.

La vieja sólo alzó la vista lentamente, y, posándola sobre ella con sorna, profirió la siguiente maldición: “¿No querías que todos se postrasen a tu paso? Pues eso mismo ocurrirá. A partir de hoy deambularás encerrada en tu burbuja de soberbia y todos los vecinos se verán obligados a inclinarse para esquivar tu avance. Y así será durante los siglos que transcurran hasta que te hayas convertido en parte del entorno y hayan olvidado las nuevas generaciones quién eres y por qué vagas sin descanso confinada en una cápsula”.

Nadie había visto nunca a la anciana y nadie volvió a verla.

Al principio el alcalde reunió a cuantos hombres pudo para intentar atrapar a la novia a la fuga y ofreció todas sus riquezas como recompensa a quien lo lograra. No hubo forma, y el hombre se retiró definitivamente de la vida pública para recluirse entre sus cuatro paredes y no volver a salir. El novio se resignó mucho antes, lió el petate, como quien dice, y marchó del pueblo de noche y a oscuras. Los aldeanos pronto se habituaron a convivir con el extraño sortilegio, liberados por fin del yugo al que les sometía la desalmada.

Es más, -continuó contando el buen hombre- era tan grande la inquina que se le profesaba, que las madres decidieron concluir las oraciones y los salmos, que entonaban cada noche a coro con sus hijos, con el relato de las fechorías y el encantamiento de la pérfida, para mantener así vivo el resentimiento, transmitido de abuelas a nietos, y prolongar la condena por toda la eternidad.

Entendí mi visita ya no tenía ningún fin y me apresté a volver junto al corregidor, sumido en mis pensamientos y aturdido por lo acaecido, con la firme decisión de comunicar que quedaba resuelto el descontento del pueblo con la dimisión del alcalde, pero sobretodo de callar unos hechos que nadie que no presenciase creería jamás.

Ladetroya

2 comentarios:

NOSOTRAS CONTAMOS dijo...

Muy buena descripción de la foto y una historia estupenda con ella.
Enhorabuena, pero no sé quién eres ¿La de Troya?

Anónimo dijo...

Me ha entusiasmado tu historia,
se nota que tienes la pluma bien afilada y que tu creatividad està a flor de piel. Esta tarde cuando vaya al curso intentarè descubrir quien eres...aunque intuyo algo...