lunes, 23 de marzo de 2009

HUELGA DE


Todas ellas habían recibido una educación esmerada y completa. Desde pequeñas habían sido introducidas en el arte de las buenas maneras, que consistía, entre otras cosas, en saber iniciar una conversación insulsa y recatada con el muchacho, fuese apuesto o no, que se dirigiera a ellas con intenciones honestas. Mostrarse apocadas, la mayor parte del tiempo con la vista baja y, enfrentando la mirada sólo cuando su opinión era requerida para subrayar algún tema ampliamente aceptado. Saber colorear con rubor sus mejillas, al tiempo que iniciaban una sonrisa inacabada, en el momento en que escuchaban un halago desgastado por el uso. Y sentarse en pasmoso equilibrio en el borde de una silla, con la espalda muy recta, los pies juntos y las manos relajadas sobre el regazo.

Y, por supuesto, tocar al piano melodías sencillas y tradicionales.

En sus armarios roperos abundaban los vestidos largos hasta los pies, no fuera a salir un tobillo al aire, de tejido grueso y manga larga tanto en invierno como en verano, y abrochados con una fila de botones ilimitada que llegaba hasta el cuello. Los colores, oscuros, una sucesión de grises, pardos y marrones. Con algún estampado de flores diminutas y discretas para la ceremonia de los domingos en la iglesia. El pelo largo y perfectamente recogido bajo un tocado en forma de casquete, que les daba una apariencia increíblemente severa. Y una aglomeración de enaguas que asomaban por los bajos e impedían vislumbrar cualquier ilusión de forma corporal.
Algo debió fallar porque no habían conseguido situarse en el lugar que les tenía reservado su comunidad. A saber, un hombre en casa que les proporcionara prestigio social y una recua de chiquillos agarrados a sus faldas a los que poder educar en sus mismos valores. Para paliar la sensación de vacío, decidieron formar una comisión que defendiera lo que era suyo. La cuestión era: ¿qué era lo suyo? Parecía que no fueran dueñas de nada, desposeídas al completo y privadas de inquietudes. Después de varias reuniones a puerta cerrada encontraron al fin algo que les pertenecía por completo: la integridad de sus labios inmaculados, aquellos que nunca habían sido besados. Y decidieron utilizarlos como arma para que nunca se perdieran las virtudes que tanto les costó aprender

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