lunes, 23 de marzo de 2009

LA FOTOGRAFÍA


LA FOTOGRAFIA

Había estado observando a esta pareja durante un largo rato. Le llamó la atención esa joven azafata, vestida con un ajustado traje sastre azul marino, con sus zapatos de alto tacón, su bolso elegante colgado al hombro, su cabello castaño recogido, impecable, en un moño trenzado cuidadosamente. Le sorprendió verla sentada despreocupada sobre el césped, hacía malabarismos para mantener las piernas entrelazadas, hacia atrás, manteniendo una postura decente que no dejaba asomar más allá de la mitad del muslo. Se dirigía al muchacho con calma, sin apenas expresión, sin utilizar sus manos, casi en susurro. Estuvieron hablando cerca de cinco minutos. Habló ella casi todo el rato. El muchacho estaba sentado, con las piernas cruzadas como un indio, su rostro permanecía impasible. Junto a él tenía un libro que mantenía abierto, apoyado sobre el césped y sobre el libro un aparato de radio con auriculares.

Quiso imaginar la conversación que mantenía esa curiosa pareja, porque no era capaz de escuchar nada. Tenía puestos los cascos para evitar el ruido de la máquina cortacésped.

La mujer se puso de pié dando un pequeño y gracioso salto. Se arregló la falda, ajustándose la medida y retirando hierbas que se habían adherido en ella. Se contoneó a la vez que se colocaba el bolso y salió a paso ligero por el camino sin dirigir mirada alguna hacia el muchacho, con paso sereno pero decidido. El muchacho, sin dirigirle ni una sola mirada tomó el libro entre sus manos, se colocó los auriculares y se tumbó apoyando la cabeza bajo su brazo.


El hombre de la máquina se giró al paso de ella y la observó con agrado. No entendía nada, pensó que él nunca dejaría marchar a la muchacha de esa manera.

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