
Un día sin cuentos es un día perdido
La ciudad de Excentria había nacido como una enclave de placitas recoletas y paseos entrañables flanqueados por edificios que no pasaban de ser unas construcciones modestas. Es decir, el típico lugar que cualquier familia sosa con ropa interior color carne habría acabado eligiendo como lugar de veraneo. Pero he aquí que los habitantes de Excentria tenían una particularidad, habían sido reconocidos tiempo atrás como uno de los más cultos de la región, cuyos descubrimientos, razonamientos e imaginación habían constituido el motor de un sinfín de manifestaciones artísticas y avances científicos que habían transformado su ciudad en el punto exacto del mundo donde cualquier personaje inquieto desearía vivir, un paraíso sin pretensiones.
Cuenta la leyenda, que uno de los motivos que habían favorecido el crecimiento intelectual de los habitantes de Excentria era, sin duda alguna, el lema que los primeros ciudadanos (inspirados por la ilusión de un nuevo proyecto), habían colocado en lo alto del edificio más representativo de la ciudad : “Un día sin cuentos es un día perdido”.
La intención original de tan inocente mensaje, no era otra que la de estimular la imaginación y favorecer las veladas de intercambio de leyendas y fantasías entre sus habitantes, creando así un clima proclive a la curiosidad y la comunicación.
Irónicamente la causa de su esplendor fue también el motivo de su declive irrefrenable, porque
como ocurre siempre, el paso del tiempo trajo consigo el olvido y los sucesivos representantes de la autoridad del pueblo, en lugar de cuestionar, revisar o sencillamente analizar desde un punto de vista lógico las indicaciones de sus antepasados, procedieron a adoptarlas como medida de control sobre sus conciudadanos. Fue así como el hermoso lema de la ciudad pasó a interpretarse desde el miedo y la superstición y las siguientes generaciones sólo concebían aquélla frase como una amenaza: “si transcurría una jornada en la que no escuchasen un cuento, perderían un día de vida”.
Este cambio en la interpretación del lema era evidentemente pernicioso, pero lo peor aún estaba por llegar. El temor a una existencia interrumpida por una muerte prematura era tan fuerte que los ciudadanos de Excentria no tardaron en buscar la protección de una nueva religión, “Los Cuentistas Salvadores” . Éstos prometían larga vida a los fieles a cambio de que sus seguidores acudiesen diariamente a la lectura de un relato en el impresionante templo construido a tal efecto. Estos cuentos eran redactados hábilmente por los sacerdotes de modo que todos ellos, sin excepción, incluyesen una doctrina moral represora, algunas amenazas y especialmente el mensaje inequívoco de que ellos y sólo ellos, los sacerdotes tocados por la mano de Dios, eran capaces de inventar y contar historias.
Este era el ambiente decadente que se respiraba en la ciudad de Excentria, cuando nuestro protagonista, Pablo Sed, llegó a ella por una sucesión de casualidades que relataremos en otra ocasión. Los primero días, el señor Pablo Sed, como buen viajero respetuoso con las tradiciones de otras culturas, acudió al templo con los demás ciudadanos dispuesto a escuchar cualquier historia que tuviesen a bien relatarle. Sin embargo las connotaciones manipuladoras de los cuentos le resultaron tan ofensivas y evidentes que decidió no volver a frecuentarlo más en las semanas que restasen de su estancia en la ciudad. Este cambio de actitud de nuestro amigo sorprendió a conocidos y extraños, generando todo tipo de hipótesis sobre sus motivaciones: si sería un suicida que quería acabar con su vida lo más pronto posible, si tenía algún amuleto secreto que le libraba del maldición, si estaba loco, si...
Como es lógico, la existencia del forastero díscolo llegó a oídos de los sacerdotes y altos dignatarios de la ciudad y no tardaron en tomarle preso como medida disuasoria para posibles seguidores. Dos semanas más tarde, cuando la curiosidad de los habitantes de Excentria estaba tan desbocada que el tema de Pablo Sed era una constante en todas las conversaciones, se celebró un juicio público en la plaza del pueblo en el que se decidiría la suerte final del forastero. El señor Sed apareció custodiado por dos guardias de apariencia pacífica que le condujeron hasta un banquito de piedra situado justo en frente del tribunal. A la pregunta de si tenía algo que alegar en su defensa, nuestro protagonista se puso en pie con aspecto cansado por el cautiverio y replicó que tenía mucho que explicar pero que como no se expresaba con facilidad solicitaba la ayuda de los habitantes allí presentes para llevar a buen término su relato. Los sacerdotes accedieron a tan extraña petición con la tranquilidad que da el absolutismo y el señor Sed se dirigió a su público con una sonrisa complacida comenzando así su relato:
-Buenas gentes de Excentria, me dirijo a vosotros con la esperanza de poder aclarar quién soy y cómo he llegado hasta aquí. Pero para ello necesitaré de vuestra colaboración, ya que al huir de los guardias que me capturaron me golpeé la cabeza y perdí la memoria en el acto. Sin embargo, estoy convencido de que si hacemos un esfuerzo común podría recuperar algunos recuerdos y así explicar cómo he llegado a este estado. Por ejemplo, usted, señora- dijo señalando a una de las damas que se encontraban en la primera fila- así, solo con echarme un vistazo, ¿cuál diría usted que puede ser mi procedencia?
La buena mujer, ante la mirada intrigada de los sacerdotes contestó el nombre del primer lugar exótico que le vino a la mente y Pablo Sed comenzó a dar saltos de alegría asegurando que efectivamente era allí de dónde provenía y que al escucharlo de sus labios acababa de recordarlo.
Continuó de este modo consultando a unos y a otros sobre cuál podría ser su nombre, la profesión a la que se dedicaba, los motivos que le habían hecho emprender el viaje, lo que más le gustaba hacer cuando tenía tiempo libre, la canción que cantaba cuando estaba punto de cruzar las puertas de Excentria, el nombre de su amada, las circunstancias en las que se conocieron...etc, y a medida que los ciudadanos iban dando sus contestaciones improvisadas, el señor Sed iba aumentando las muestras de algarabía por estar recuperando la memoria por fin.
Cuando Pablo Sed dio por finalizado su relato, los sacerdotes replicaron con incomodidad que la historia que acababan de escuchar era ciertamente muy interesante y divertida pero que no aclaraba en absoluto por qué se negaba a seguir el culto de los “Cuentistas Salvadores”. A lo que nuestro extraño héroe contestó:
“Se equivocan en esto, el relato que acabo de ofrecerles es la manera más exacta de responder a esa pregunta, porque señores míos, todo lo dicho esta tarde es pura ficción, es decir, acabamos de inventarnos un cuento ante sus propias narices”. Y dicho esto, el señor Sed dio una voltereta en el aire y se escabulló entre la multitud, emprendiendo una frenética huida que los ciudadanos no sólo no trataron de impedir sino que favorecieron, entorpeciendo el paso de los guardias y .
Por supuesto, después de que el señor Sed huyese de la ciudad, los gobernantes y sacerdotes redoblaron sus esfuerzos por controlar y atemorizar a la población pero ya era demasiado tarde, el germen de lo que los ciudadanos habían aprendido comenzó a crecer y, poco a poco, como todos los cambios importantes, comenzaron a contarse historias fantásticas al oído cuando se hallaban en la intimidad de sus hogares; después pasaron de los susurros a los relatos a media voz en reuniones clandestinas y, llegaría el día en que todos fabularían en alta voz y sin limitaciones como hiciesen sus antepasados, era sólo cuestión de tiempo.
La ciudad de Excentria había nacido como una enclave de placitas recoletas y paseos entrañables flanqueados por edificios que no pasaban de ser unas construcciones modestas. Es decir, el típico lugar que cualquier familia sosa con ropa interior color carne habría acabado eligiendo como lugar de veraneo. Pero he aquí que los habitantes de Excentria tenían una particularidad, habían sido reconocidos tiempo atrás como uno de los más cultos de la región, cuyos descubrimientos, razonamientos e imaginación habían constituido el motor de un sinfín de manifestaciones artísticas y avances científicos que habían transformado su ciudad en el punto exacto del mundo donde cualquier personaje inquieto desearía vivir, un paraíso sin pretensiones.
Cuenta la leyenda, que uno de los motivos que habían favorecido el crecimiento intelectual de los habitantes de Excentria era, sin duda alguna, el lema que los primeros ciudadanos (inspirados por la ilusión de un nuevo proyecto), habían colocado en lo alto del edificio más representativo de la ciudad : “Un día sin cuentos es un día perdido”.
La intención original de tan inocente mensaje, no era otra que la de estimular la imaginación y favorecer las veladas de intercambio de leyendas y fantasías entre sus habitantes, creando así un clima proclive a la curiosidad y la comunicación.
Irónicamente la causa de su esplendor fue también el motivo de su declive irrefrenable, porque
como ocurre siempre, el paso del tiempo trajo consigo el olvido y los sucesivos representantes de la autoridad del pueblo, en lugar de cuestionar, revisar o sencillamente analizar desde un punto de vista lógico las indicaciones de sus antepasados, procedieron a adoptarlas como medida de control sobre sus conciudadanos. Fue así como el hermoso lema de la ciudad pasó a interpretarse desde el miedo y la superstición y las siguientes generaciones sólo concebían aquélla frase como una amenaza: “si transcurría una jornada en la que no escuchasen un cuento, perderían un día de vida”.
Este cambio en la interpretación del lema era evidentemente pernicioso, pero lo peor aún estaba por llegar. El temor a una existencia interrumpida por una muerte prematura era tan fuerte que los ciudadanos de Excentria no tardaron en buscar la protección de una nueva religión, “Los Cuentistas Salvadores” . Éstos prometían larga vida a los fieles a cambio de que sus seguidores acudiesen diariamente a la lectura de un relato en el impresionante templo construido a tal efecto. Estos cuentos eran redactados hábilmente por los sacerdotes de modo que todos ellos, sin excepción, incluyesen una doctrina moral represora, algunas amenazas y especialmente el mensaje inequívoco de que ellos y sólo ellos, los sacerdotes tocados por la mano de Dios, eran capaces de inventar y contar historias.
Este era el ambiente decadente que se respiraba en la ciudad de Excentria, cuando nuestro protagonista, Pablo Sed, llegó a ella por una sucesión de casualidades que relataremos en otra ocasión. Los primero días, el señor Pablo Sed, como buen viajero respetuoso con las tradiciones de otras culturas, acudió al templo con los demás ciudadanos dispuesto a escuchar cualquier historia que tuviesen a bien relatarle. Sin embargo las connotaciones manipuladoras de los cuentos le resultaron tan ofensivas y evidentes que decidió no volver a frecuentarlo más en las semanas que restasen de su estancia en la ciudad. Este cambio de actitud de nuestro amigo sorprendió a conocidos y extraños, generando todo tipo de hipótesis sobre sus motivaciones: si sería un suicida que quería acabar con su vida lo más pronto posible, si tenía algún amuleto secreto que le libraba del maldición, si estaba loco, si...
Como es lógico, la existencia del forastero díscolo llegó a oídos de los sacerdotes y altos dignatarios de la ciudad y no tardaron en tomarle preso como medida disuasoria para posibles seguidores. Dos semanas más tarde, cuando la curiosidad de los habitantes de Excentria estaba tan desbocada que el tema de Pablo Sed era una constante en todas las conversaciones, se celebró un juicio público en la plaza del pueblo en el que se decidiría la suerte final del forastero. El señor Sed apareció custodiado por dos guardias de apariencia pacífica que le condujeron hasta un banquito de piedra situado justo en frente del tribunal. A la pregunta de si tenía algo que alegar en su defensa, nuestro protagonista se puso en pie con aspecto cansado por el cautiverio y replicó que tenía mucho que explicar pero que como no se expresaba con facilidad solicitaba la ayuda de los habitantes allí presentes para llevar a buen término su relato. Los sacerdotes accedieron a tan extraña petición con la tranquilidad que da el absolutismo y el señor Sed se dirigió a su público con una sonrisa complacida comenzando así su relato:
-Buenas gentes de Excentria, me dirijo a vosotros con la esperanza de poder aclarar quién soy y cómo he llegado hasta aquí. Pero para ello necesitaré de vuestra colaboración, ya que al huir de los guardias que me capturaron me golpeé la cabeza y perdí la memoria en el acto. Sin embargo, estoy convencido de que si hacemos un esfuerzo común podría recuperar algunos recuerdos y así explicar cómo he llegado a este estado. Por ejemplo, usted, señora- dijo señalando a una de las damas que se encontraban en la primera fila- así, solo con echarme un vistazo, ¿cuál diría usted que puede ser mi procedencia?
La buena mujer, ante la mirada intrigada de los sacerdotes contestó el nombre del primer lugar exótico que le vino a la mente y Pablo Sed comenzó a dar saltos de alegría asegurando que efectivamente era allí de dónde provenía y que al escucharlo de sus labios acababa de recordarlo.
Continuó de este modo consultando a unos y a otros sobre cuál podría ser su nombre, la profesión a la que se dedicaba, los motivos que le habían hecho emprender el viaje, lo que más le gustaba hacer cuando tenía tiempo libre, la canción que cantaba cuando estaba punto de cruzar las puertas de Excentria, el nombre de su amada, las circunstancias en las que se conocieron...etc, y a medida que los ciudadanos iban dando sus contestaciones improvisadas, el señor Sed iba aumentando las muestras de algarabía por estar recuperando la memoria por fin.
Cuando Pablo Sed dio por finalizado su relato, los sacerdotes replicaron con incomodidad que la historia que acababan de escuchar era ciertamente muy interesante y divertida pero que no aclaraba en absoluto por qué se negaba a seguir el culto de los “Cuentistas Salvadores”. A lo que nuestro extraño héroe contestó:
“Se equivocan en esto, el relato que acabo de ofrecerles es la manera más exacta de responder a esa pregunta, porque señores míos, todo lo dicho esta tarde es pura ficción, es decir, acabamos de inventarnos un cuento ante sus propias narices”. Y dicho esto, el señor Sed dio una voltereta en el aire y se escabulló entre la multitud, emprendiendo una frenética huida que los ciudadanos no sólo no trataron de impedir sino que favorecieron, entorpeciendo el paso de los guardias y .
Por supuesto, después de que el señor Sed huyese de la ciudad, los gobernantes y sacerdotes redoblaron sus esfuerzos por controlar y atemorizar a la población pero ya era demasiado tarde, el germen de lo que los ciudadanos habían aprendido comenzó a crecer y, poco a poco, como todos los cambios importantes, comenzaron a contarse historias fantásticas al oído cuando se hallaban en la intimidad de sus hogares; después pasaron de los susurros a los relatos a media voz en reuniones clandestinas y, llegaría el día en que todos fabularían en alta voz y sin limitaciones como hiciesen sus antepasados, era sólo cuestión de tiempo.
Roberta Pistacho

1 comentario:
¡Qué cuento tan precioso, Roberta! Una vez leídas tus líneas aquí publicadas, compraría sin dudarlo tu primer libro editado, con la absoluta certeza de ir a disfrutar todas y cada una de sus páginas. ¡Enhorabuena!
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