jueves, 18 de diciembre de 2008

Decidieron coger el primer tren que pasara para la capital. Al principio ella tenía miedo y le entretuvo por el camino enrollándole y desenrollándole la bufanda alrededor de la cabeza.

- Ahora te veo. Ahora no me ves.

Anduvieron así un buen rato hasta que vieron al profesor de clase de inglés y echaron a correr. Ella recordaría ese momento más tarde, cuando estuvieran en el río, porque perdió un guante que era del mismo color gris que los ojos del pez.

Durante el viaje jugó a contar los árboles del revés. Comenzó por el 3000, que calculó eran los días que le faltaban para hacerse mayor, y fue bajando de uno en uno. Mientras tanto él le acariciaba las manos y la hacía reír.

- Mira. Una jirafa. – Y le señalaba una grúa en lo alto de una colina.

Cuando llegaron a la ciudad lo primero que hicieron fue meterse en el fotomatón de la estación. Se intercambiaron los abrigos y jugaron a que cada uno era el otro. Ella se puso su gorra y él escondió un par de guantes debajo del abrigo que simularan sus pequeños pechos.

Más tarde fueron a los recreativos. Ella quería que saltaran al dance machine juntos pero él se puso a hablar con los chicos que estaban en los billares. Luego él cogió las bolas del billar y se puso a lanzarlas al aire con la misma velocidad que los árboles que pasaban por la ventanilla del tren. Los chicos grandes se reían y uno de ellos le puso un cigarro debajo de la gorra. Ella se puso triste porque él no la miraba.

Después fueron al centro de la ciudad y pasearon por la avenida principal. Les gustaba mirar las marquesinas de los cines e inventarse el final de las películas. En sus historias Freddy Kruger acababa junto a la heroína y marchaban abrazados hasta que el horizonte los engullía.

Cuando los maniquíes de los escaparates parecían todos iguales se cogieron de la mano y se pusieron a correr como locos por en medio del barullo mientras gritaban “al ladrón, al ladrón”. Las bolsas de la gente al volverse les daban en la cara y ella no podía parar de reírse mientras las lágrimas por el frío y la alegría le caían por el rostro.

No sabe muy bien por qué pero en un determinado momento él quiso ir al río que hay a las afueras de la ciudad. Le contó que existía un puente construido por los romanos y que en una de sus piedras habían dibujado a snoopy vestido de rey egipcio. Ella no le creyó pero fueron hasta allí. Sólo había que subir la última calle de la parte vieja. Por el camino contaron dos viejos, un perro y una mujer que no era vieja pero lo parecía porque iba toda de negro. Cuando llegaron todo estaba en silencio. El río estaba seco y en el puente sólo encontraron escrito “aquí mea todo el mundo” y una j y una d en medio de un corazón.

Debajo del puente había muchos gatos. Todos eran negros como la mujer que no tenía edad. Uno de ellos jugaba con algo que desde arriba no podían ver qué era. Él quiso que bajaran para verlo más de cerca. Mientras descendían se dieron cuenta que era un pez enorme como los que su madre preparaba para Nochebuena y ella no quiso continuar. Él se adelantó y espantó al gato con una pedrada.

- ¿Está muerto? – Le preguntó.

- No. Ven conmigo. Le contestó, mientras encendía el cigarro que le habían dado los chicos.

Pero cuando ella se acercó ya sabía que él le había mentido porque que los ojos de los peces sólo son grises si están muertos.

Una de cal y otra de arenas

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