
“Si pides un deseo tienes que aprender a desear”. Esta frase decoraba la puerta del frigorífico clase F que Sonia veía cada mañana para servirse un vaso de leche semidescremada.
Pero precisamente hoy,
la frase,
la leche y
su desayuno de mierda
le parecieron demasiado habladores, tanto, que Sonia acabó atragantándose con las lágrimas y llorando leche por la nariz.
“Yo deseaba que se quedara conmigo”.
Pero precisamente hoy, la inscripción le insinuó que todo era culpa suya por no saber desear de verdad.
“Lo intenté todo para salvar lo nuestro”.
Pero precisamente hoy, el adjetivo “semidescremada” le provocó una sonrisa que era la mueca de una arcada al pensar que sólo se había esforzado la mitad.
“Lo superaré”.
Pero precisamente hoy, la visión de su desayuno le hizo trizas las ganas de maquillarse. Ella bebía siempre la leche SOLA y FRÍA.
Pero precisamente hoy,
la frase,
la leche y
su desayuno de mierda
le parecieron demasiado habladores, tanto, que Sonia acabó atragantándose con las lágrimas y llorando leche por la nariz.
“Yo deseaba que se quedara conmigo”.
Pero precisamente hoy, la inscripción le insinuó que todo era culpa suya por no saber desear de verdad.
“Lo intenté todo para salvar lo nuestro”.
Pero precisamente hoy, el adjetivo “semidescremada” le provocó una sonrisa que era la mueca de una arcada al pensar que sólo se había esforzado la mitad.
“Lo superaré”.
Pero precisamente hoy, la visión de su desayuno le hizo trizas las ganas de maquillarse. Ella bebía siempre la leche SOLA y FRÍA.
Roberta Pistacho

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