miércoles, 22 de octubre de 2008


Me gusta no me gusta


Me gusta la sonrisa por las mañanas de la chica que trabaja en el puesto de golosinas de Alonso Martínez, el olor del pan recién tostado, masticar las aspirinas y el ris-ras de las tijeras al cortar el pelo. Me encanta elegir a una persona y perseguirla un trecho por los pasillos del metro para observar sus andares, su ropa y su gesto; que mis amigos me relaten sus viajes como si fuesen cuentos, regalarme mimosas y que Anthony and the Jhonsons planee por el salón. Me gusta también sentir un saltito en el estómago cuando despega el avión, que mi madre me avise cuando ha hecho cocido porque sabe que es un reclamo infalible, sacar los dedos arrugados de un baño caliente y fingir que soy muy viejecita. Me pierden los zapatos de tacón como disfraz de equilibrista, los crescendos de las canciones, el nombre que me inventó mi amiga Reina para que me lo pusiera cuando quisiese sentirme otra, el olor de las mandarinas en los bolsillos, las niñas que Nacho Vegas quiere que miremos porque van cantando, bailar con los ojos cerrados.. Me gusta que me abracen y me resguarden un momento sin darme golpecitos en la espalda, que Céline me recuerde que “somos el tiempo que nos queda”, que Barcelona esté habitada por Barbo y otros peces de colores. Me gustan las siestas en las que ninguno de los dos pretende dormir, mordisquear lo bolígrafos, llevar las uñas mal pintadas a propósito, las castañas asadas, David Bowie y los sombreros. Me gustan las llamadas telefónicas de los sobrinos que no sabe modular voz y me cuentan a gritos historias interesantísimas de las que no entiendo media palabra, J.Verben en el escenario y en casa, los poetas que no saben que lo son y mirar de otra manera con mi cámara de fotos medio rota.


No me gusta la gente que se sorbe los mocos con ansia, los Cuarenta Principales, las bebidas azules, ni los hombres con las uñas largas sin guitarra a la que echarle la culpa. Me desagradan enormemente las reuniones de vecinos y sus miserias, el aire acondicionado que consigue que se quejen hasta mis pezones, madrugar si no es para salir de viaje, la sonrisa de los comerciales presuntamente simpáticos ni las joyas de oro. Los cristos en la cabecera de las camas me parecen tan aberrantes como el pollo crudo o las personas que sólo quieren hablar de trabajo, aunque el oso de Tous supera todo lo citado anteriormente. No me gustan las señoras que cuchichean en los velatorios puntualizando las muestras de dolor de este o de aquel al tiempo que evalúan lo guapa o fea que está la difunta, el blandiblu, los uniformes humillantes de algunos camareros, la lobotomía del regeton o las pegatinas de “María y Antonio” en el parabrisas trasero del coche. No soporto a los médicos que se creen House, la gelatina en toda su gama cromática, los bocinazos de los conductores hipersensibles al color verde que saben antes que nadie que el semáforo ha cambiado de color, el olor de los hospitales que identifico con el olor del dolor, los pájaros pequeños, tan frágiles y extraterrestres, la tónica. No me gusta no saber encajar un halago, ni el himno de España en concreto y los demás himnos por extensión, los estilistas-peluqueros que pretenden esculpirme las cejas y no conciben un no por respuesta, la palabra fornicar ni las coronas de flores. No me gustan absolutamente nada los clérigos que hablan con voz monocorde mientras mantienen los dedos entrelazados a la altura de su regazo, Ramoncín, los jerséis de cuello vuelto que pican, ni los señores de mediana edad que se bañan en un perfume diseñado por un enloquecido exterminador de plagas. Y por último, no me gustan nada los bares en los que te dicen que las croquetas son caseras y al darles el primer mordisco te arrepientes de no haber preguntado la dirección exacta de la casa en la que las elaboran para poder así ir allí y prenderla fuego.
Roberta Pistacho

1 comentario:

ROSA ALIAGA dijo...

no me canso de leer el texto!!