martes, 21 de octubre de 2008

Me Gusta, No Me Gusta




Me gustan las personas que sonríen por costumbre, los ojos tristes y las orejas largas de mi perro Vitas, los colores de las hojas entre amarillas y rojas del árbol que veo desde la terraza de mi salón en otoño. Me gusta quitarme los calcetines cada noche al borde de mi cama, enroscarlos en mi mano y tirarlos a la alfombra de forma más bien caótica…para luego, sentir el dedo gordo del pie de mi pareja rozándome varias veces y desfallecer tranquilamente junto a él. En realidad, me gustan las rutinas elegidas de las cosas sencillas y cotidianas de la vida.
También, me gustan mucho las cosas que empiezan pero sobretodo, los pequeños detalles de cómo comienzan; una mirada de complicidad que se convierte en una visión de una nueva amistad que quizá – ¡quién sabe!-,perdure; una caricia de un hasta ahora “amigo” que me hace sentir un “no sé que” en mi estómago y promete –¡ay, si promete!-. También, me vuelven loca los primeros ruidos de la batería que indican que ya sale el líder de mi grupo preferido, y la adrenalina que genera mi cuerpo justo antes de pensar que otra vez más, este concierto marcará historia en nuestras vidas.
Me gusta coleccionar bolígrafos de hoteles en los que me hospedo cuando viajo, y sacarlos en la cafetería de al lado de mi casa, y por unos momentos, huir de mi realidad y sumergirme en recuerdos ya vividos de mundos que aún ahora parecen más lejanos.
A veces, me gusta recordarle a mi hermano –el de “en medio”-, que me parezco a Phoebe de la serie Friends, porque me gusta –como a ella-, reírme de mi misma y saltar de una conversación a otra con palabras que no pegan.
Hay días, que me gusta saltar muchas veces, bailar hasta que el cuerpo aguante, reír sin parar, jugar a cosas extrañas y no tener en cuenta “el tiempo”. Otros, simplemente, disfruto del Cola Cao y las galletas María de toda la vida en el sofá blanco de mi casa para recuperarme de los excesos, eso sí, a las nueve de la noche, vuelvo a retomar una de esas absurdas rutinas de cuando era niña: comer pipas y no pensar...

Hay cosas que no me gustan nada. Por ejemplo, no soporto las personas que se visten de domingo y van en familia con hijos que parecen clones a Misa. Ni los chistes, además, no suelo entenderlos. No me gusta la mirada asesina de Rambo, ni los hombres de pelo en pecho que se parecen a él. No me gustan las “pititas” perfectas con mechas rubias que con cuarenta y tantos tienen una talla 36. Tampoco me gustan los gatos. No me gustan las comidas de negocios donde nadie se muestra como es y me siento encorsetada con la típica mancha de sudor en la axila que me impide quitarme la chaqueta y mostrarme tal como soy. No me gustan las vacaciones en Benidorm. Ni tampoco Nochevieja. Nunca sé que hacer. No me gustan las personas que lo saben todo y no tienen espacio en su cabeza para asimilar que quizás seres de menor capacidad que ellos pueden aportar grandes cosas. No me gustan nada los horarios. Ni los restaurantes con platos enormes y comidas minúsculas. No me gustan que me griten, ni que me quiten mi espacio vital, ni escuchar a mi madre diciéndome “tu no sabes nada de la vida”. En realidad, día a día descubro nuevas cosas que no me gustan, y casi siempre, no sé por qué, incluso éstas suelen ser el motor que me lleva a realizar grandes cambios en mi vida.

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