
La primera vez que vi un cadáver no se trataba de uno, sino de un número indeterminado de ellos. Yo estrenaba bata blanca, deseos y un presunto estado de madurez de dieciocho años. Acababa de atravesar un pasillo gélido y atemorizador rodeada de mis futuros compañeros y ningún amigo. A nuestras espaldas habían quedado diversas puertas cerradas con letreros que indicaban lo que encontraríamos en su interior, en una de ellas se leía claramente:“sierra mecánica”, pensé que era tan explícito que parecía una broma. Desembocamos finalmente en una habitación inmensa en la que los veinte afortunados estudiantes, nos encontramos sin previo aviso frente a diez mesas metálicas que exhibían sin atisbo de pudor brazos, piernas, torsos y cabezas primorosamente diseccionados.
A medida que entrábamos en la estancia nos dirigíamos miradas furtivas unos a otros y nos apelotonábamos en la puerta sin atrevernos a avanzar. Tras el bloqueo inicial, algunos de nosotros improvisamos el suficiente aplomo para encaminarnos a las ventanas abiertas situadas al otro lado de la habitación, caminando con la suficiente lentitud como para que los demás no pensasen que huíamos despavoridos. Al menos en mi caso no era el miedo lo que me movía, sencillamente necesitaba asomarme para comprobar que el mundo seguía ahí fuera tan dócil y tan extraño como siempre, solamente quería aprovechar para clavar las uñas en el alfeizar unos segundos y de paso recuperar el ritmo de mi respiración, nada más.
Unos minutos más tarde entró la señora catedrática solicitando ásperamente que nos distribuyésemos alrededor de las mesas en silencio y yo elegí una en la que sólo distinguía dos miembros superiores para evitar a toda costa tener que enfrentarme a un rostro inmóvil. Que mi elección fue errónea lo supe enseguida, en cuanto me descubrí incapaz de apartar la mirada de lo que más amaba en los vivos a los que amo: sus manos, y un deseo incontenible de llorar me invadió, hasta que por suerte, un impulso brutal me arrancó el corazón y lo lanzó contra la pared solucionando el problema al dejarme temporalmente hueca.
Mientras escuchaba en sordina una ajena disertación sobre las diferencias que existían entre la estructura de una vena y una arteria, mi atención tropezó con el descolorido tatuaje azul de un antebrazo en el que se distinguía un nombre de mujer a los pies de una sirena, quedando inmediatamente absorta en un mantra de preguntas: ¿ Quién eras?, ¿ Quién eras?, ¿ Quién eras?,¿Quien era ella? ,¿Cómo terminaste aquí?, ¿Cuáles fueron tus mares y tus callejones?, ¿ Quién eras?...
Fuimos rotando por todas las mesas ofreciendo nuestra mirada escrutadora a cambio de la frágil excusa de distinguir unos vasos sanguíneos y debo reconocer que en una hora aprendí muchísimas cosas. Si, aprendí por ejemplo, que hay gente con vocación sanitaria que hace apuestas para ver quien es capaz de abrirle los ojos a un muerto sin gritar, que otros se ríen nerviosamente al ver los genitales grises del cadáver de un anciano, que existen personas capaces de desplegar tanta crudeza gratuita porque no tenían ganas o tiempo de preparar una primera clase de anatomía. Aprendí también, que los cuerpos de los que en vida no tuvieron nombre siguen siendo huérfanos después de su muerte, que no quería morirme sola por nada del mundo, que el formol te acompaña a casa como un caballero y se instala en tu garganta, en tu nariz, en tu pelo y en tu ropa...
Aprendí tanto en una sola hora..., que aquel día no soñé, apenas comí y me duché tres veces. Por supuesto, no lloré.
Roberta Pistacho

2 comentarios:
Me encanta, la ilustración y el texto..que manera tan personal tienes de transmitir las cosas...!
Me has dejado KO, que fantástico de verdad me encanto.
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