jueves, 23 de octubre de 2008

Amanece en La Castellana


La concha de su madre… ojalá que se pudra en el infierno y me lo encuentre allá para arreglarle las cuentas al hijueputa ése, le ronca el merequetengue, pues va el maricón de él y ni para, vaya con el comemierda español, que no quiere ni comprobar si esta porquería que lame la calzada es mi intestino o una serpiente ensangrentada que atraviesa la Castellana, que huevón, nojoda, aunque si viera las vísceras a lo mejor ni las distinguiría de la moña que seguro que lleva el muy pendejo, ¿es que no viste nunca al negro ése con el “si bebes no manejes”, malnacido?, pero no le echo a él toda la culpa, no, si es que ya lo sabía yo, que éste no era mi sitio y mira que lo dije, y bien clarito, claro cristalino como este amanecer último que se me echa encima, la concha de su madre… pero yo lo dije, vaya si lo dije, y claro, muy claro, y pronto, mucho antes de que me organizaran ustedes el viaje: no quiero ir, madre, no quiero ir, padre, que no me da buena espina eso de ir a Europa, que me ha dicho Manfredo, que ya saben que estuvo en Madrid y se tuvo que volver de puro pobre que era, pero pobre de los de allá, no de los de acá que se arriman al árbol y cogen un coco, y se tumban en la playa y duermen al raso, sin el maldito frío ése que advertía que había, que vaya si mentía…¡ni un ápice mentía!, pero ya les decía yo que no quería ir, porque Manfredo juraba por sus muertos que allá andan todos como locos, siempre a la carrera, como si cada día fuera urgente, y que se matan por la plata, y a mí eso no me va, que a mí lo que me gusta es el campo, ¿vieron?, el campo este de maíz y trigo, los arrozales de Cochabuena, que cuando llueve huelen a infancia, a mi infancia, ¡hasta la selva, con sus malditos mosquitos, con las pirañas de los ríos, me gusta más que el asfalto…!, y ustedes que no, Wilson, que tienes que ir, que tienes que arreglar tu futuro, que acá te morirás de miseria, hazlo por las generaciones venideras, por tus hijos, y yo les decía: ¡pero si no tengo hijos…! y además quiero esta vaina, la mismita que ustedes, la que me han dado toda la vida, la misma mierda, pero… ¿no me ven?, si soy feliz acá como un chiquillo en una fábrica de dulce de leche, llevando a Marco a la escuela, cuidando a Graciela del hijueputa del Willy, que ya les advertí, y les advierto de nuevo: o la cuidan o se la deshonran y entonces sí que nos va costar la vaina, que con un mocoso más en casa no podemos, eso es verdad, andamos muy justos, sí, pero sobrevivimos, y con dignidad, que no es poco, y que además, ya les digo, para mí la vida está acá, entre la cordillera de Rocafuerte, más allá del Cerro Sancristóbal, apenas blanca en invierno, y los azules del mar salvaje de Santa Marta, al otro lado de la comarca, pero nada, ustedes que no, Wilson que acá no hay plata, y de qué vas a vivir cuando no estemos y no tengas ni lo poco que te damos, que acá sólo hay miseria, Wilson, vete a Europa, que allá hay hoteles y aceras y fuentes y casas con jardín y edificios acristalados que llegan al cielo, que me lo han dicho a mí, Wilson, y soy tu padre, tú sabes que yo nunca te mentiría, vete, Wilson, vete de acá, ve a Europa, allá está tu futuro, ya me hubiera gustado a mí ir cuando tenía tu edad, pero entonces tu madre no me dejó, y no me fui, y –no se lo digas jamás- pero nunca la perdoné del todo, porque tenía que haberle hecho caso a mi padre, él sí que sabía, vaya si sabía, por eso quería que me fuera, pero nada, no le hice caso, a los padres ya se sabe, nunca se les hace caso, pero tú sí, Wilson, tú eres un buen hijo y sabes que debes irte, vete Wilson, vete, que allá hay restaurantes y semáforos y universidades y hoteles Wilson, que allá hay hoteles con piscina, la ponen arriba, en el último piso, y la tapan con cristales, que me lo han dicho a mí, Wilson, nunca te mentiría, así que vete, mijo, vete, allá hay plata, si le pones empeño, y a ti de eso nunca te faltó, tendrás plata, te lo aseguro, así que ¿qué más quieres?, tendrás para comprar bistecs y asado y mangos todos los días si quieres, y también para comprarte un abrigo y un frigorífico y tal vez, Wilson, tal vez un carro de esos gigantescos y automáticos en el que puedas llevar a tus hijos, pero si no tengo hijos, padre, ya lo sabe usted, no me vuelva con la vaina esa de los hijos, padre, que no tengo hijos, pero es que los tendrás, Wilson, los tendrás, lo sé yo, y los querrás llevar en auto, y querrás que no se pudran en esta indigencia en la que retozamos, y si no te vas tú querrás, y eso es mucho peor, que te lo digo yo, Wilson, que soy tu padre, mucho peor que eso es que querrás que se vayan ellos Wilson, y entonces te sentirás cuarteado, mijo, cuarteado en mil pedazos como yo me siento ahora porque… ¿qué crees, que no lo sé?, ¡carajo!, claro que lo sé: si te vas no volverás, y me rompo por eso, Wilson, me rompo, pero debes ir, tienes que ir allá y si puedes, cuando te ubiques y tengas un buen empleo, que seguro que no te demoras, que tú siempre fuiste avispado, como el abuelo, por eso quería que me fuera, pero ya te dije que no le hice caso, entonces cuando te ubiques, digo, envíanos algo de plata, no para nosotros, que ya estamos viejos, sino para tus hermanos, para tus hijos, y yo que no me vengan con esa vaina otra vez, ya les digo que no quiero tener hijos, déjenlo, ya les dije que me da mala espina, que no quiero ir, a mí me gusta el Chachamé, sobretodo a su paso por el interior, cuando, en invierno, se hiela, y la humedad que filtra por las ventanas, y el chirrido de la cafetera, que ya he aprendido a amarlo, se lo digo en serio, desde que me dijeron que me tenía que ir cada vez me gusta más, y de su sólo chirrirar ya me pongo en pie, y me doy cuenta de que ya lo echo de menos, igual que a las pulgas o al agujero del baño, que me gusta que sea un agujero, me gusta oír las gallinas cuando estoy evacuando, y es que me dan mala espina, ya se lo dije, las avenidas de las ciudades, largas y anchas, grises y altas, con rascacielos a los lados desde los que te vigilan y te siguen y te conocen sin que puedas denegarles el permiso, por eso no quería ir, por eso y porque me daba mala espina, algo me decía que no cruzara ese charco, hasta el barco me daba miedo y no por los mareos, que o fueron veintiuno seguidos, uno cada día, o no salí del primero, no lo sé muy bien, el caso es que ni al puerto tenía que haber ido, que luego del muelle a las calles esas europeas que ustedes tanto alaban no hay más que mareos y olas, todo seguido, como en línea recta, y es que yo sabía que no iba a triunfar, padrecito, como decía usted, porque para mí la gloria o el pan, la victoria en fin, de la que usted hablaba no era esto, esto de levantarme a las tres de la mañana, ¡antes que el gallo…!, en mi cuartucho alquilado, rodeado de compatriotas pobres, pobres y nostálgicos, para cruzar la ciudad cada mañana con pura urgencia en trenes y autobuses de Cercanías, que siempre me hizo gracia el nombre…¡cómo que cercanías, si no llegas nunca…!, y llegar a La Castellana, a eso de las cinco, a las cinco y media si había retrasos, lo más habitual, para fichar antes de las seis en la portería, que al primer día tarde ya me habían advertido que me largarían, pues padre, eso no era triunfar, al menos no para mí, pero bueno, el brete ya está zanjado, y ¿sabe qué le digo? que casi se lo agradezco, sí, al borracho que me embistió, él no tuvo toda la culpa, aunque casi toda, porque el muy pendejo se saltó la luz, iba borracho, eso seguro, y encima, lo que más me duele es que ni paró el muy hijueputa, para ver si podía hacer algo, pero nada, que tuvo que perseguirlo la Policía y cazarlo poco más allá, por una plaza muy linda que llaman Atocha, que se lo oí por la radio al de la patrulla, que acá la Policía no es como la de allá, acá cuando buscan encuentran, pero ya le digo que aún así él no tuvo toda la culpa, porque yo no tenía que haber venido, que ya le dije que me daba mala espina, no tanto el españolito que me partió en dos, sino lo de venir a Europa, pero ya le digo, casi se lo agradezco, porque tenía unas ganas de verle…

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