Junta las manos y me informa que mi estancia aquí se limitará a siete días, ni más ni menos. En ese tiempo debo escoger un recuerdo de mi vida, exceptuando cualquier otro. Hay que escoger con cuidado - dice- pues será el único recuerdo que podré llevarme al otro lado.
Cuando el hombre de la bata blanca cierra la puerta, girando la llave en la cerradura, y los ojos se acostumbran a la penumbra, reconozco el rostro atormentado de una mujer que me suelta a bocajarro sufrir con la duda de si quedarse con el recuerdo de la carita sonrosada de su hija recién nacida, su olor a leche y el dulce martilleo del corazoncito contra su pecho, o con el del desconocido al que se entregó en un anónimo vagón de literas; si guardar para siempre la evocación del que la amó en silencio, tan apasionadamente que nunca más pudo sostener la mirada de su esposo después, ni besarle siquiera, o la del amor calmo e inmenso del menudo fruto de su vientre, engendrado por amor en un tren veloz que atravesaba campos en la noche.
Hay otro hombre en la celda, mayor y taciturno, que comienza a reflexionar en voz alta. Declara vacilar si llevarse el más nítido recuerdo de su niñez, cuando le confiaron a los ocho años por vez primera las llaves de casa y descubrió él solito a la abuela muerta en la cocina, o si el de su mujer -lo único bueno que le pasó en la vida, afirma-, quien le confesó, al año de casados, no soportar más su tristeza y haber decidido abandonarle, el recuerdo de aquella que le dejó la angustia que siempre alimentó, un agujero negro en el alma que corrompió sus relaciones y llenó sus noches de insomnio. Argumenta que no sabría vivir sin ninguno de los dos, que ambos le hicieron ser como es y no podría renunciar a su identidad.
Habla por último en las sombras una anciana. Confiesa no salir del pasmo al constatar, que, de todos los buenos recuerdos que afirma atesorar, sin poder inclinarse por ninguno concreto, prevalece finalmente uno insignificante: el de la mañana en la que fregaba los platos, entró un colibrí por la ventana, que se situó justo frente a su cara, con su irisado revoloteo inquieto, le clavó la brillante mirada de alfilerillos azabache, y allí se mantuvo un buen rato, llenándole el corazón de color y alegría.
No debería estar encerrado en esta clínica, doctor. No me cansaré de insistirles a Usted y sus colegas que yo no estoy loco, ni deriva mi amnesia del shock sufrido tras acabar, una a una, con las vidas de mi esposa, una hija de pocos meses, mi padre y abuela. No pudo ser la muerte violenta de una familia, que no puedo evocar haber tenido, la que provocara la amnesia, como Ustedes diagnostican. ¿Cómo podría haber matado yo a una inocente anciana, a aquella a la que tanto quería?
Créame que fue el sueño, el que comenzó la semana antes de que me ingresaran, el que se repite todas las noches en un duermevela, robándome la memoria durante el día. Créame que fue el sueño, que, cuando desperté, me había llevado al otro lado y legado tan sólo los recuerdos de tres desconocidos, la quimera única de un puñado de vivencias ajenas, todas ellas fundidas en un solo mal sueño.
jueves, 5 de marzo de 2009
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