
L A FOTOGRAFÍA
Mis días transcurrían todos iguales: levantarme, preparar el desayuno a mis hijos, prepararme yo misma para una jornada en la que acabaría exhausta, ya que además de trabajar en un sitio oficial, al llegar a casa, cada vez más tarde debido al exceso de trabajo, tenía que organizar la intendencia familiar.
Apenas tenía tiempo para mí; Mi vida no se parecía ni de lejos a lo que yo había soñado al acabar la carrera: Una familia maravillosa y un trabajo que me llenara; es decir realizarme como persona pero que tenía: una familia en la que cada cual iba a lo suyo; mis hijos a sus estudios, amigos y diversiones; mi marido, dedicado casi completamente a su trabajo y el otro casi a su deporte favorito, el golf ( y sí, yo también me sentía una viuda como todas las que se habían casado con un marido golfista).
Con esta perspectiva no es de extrañar que ya hubiera tenido un conato de depresión, a la que los médicos por no alarmarme habían llamado estrés. Mi mayor pánico era volver a caer en ese pozo tan negro y tan hondo.
Un día me levanté con unas punzadas en el lado izquierdo del pecho y un fuerte dolor de cabeza, intenté ignorar estas señales, me puse el piloto automático y preparé los desayunos pero en lugar de vestirme para ir al trabajo, algo me impulso a ponerme un vestido, coger un bolso y armada con un paraguas salir rumbo a lo desconocido.
Serezade
Mis días transcurrían todos iguales: levantarme, preparar el desayuno a mis hijos, prepararme yo misma para una jornada en la que acabaría exhausta, ya que además de trabajar en un sitio oficial, al llegar a casa, cada vez más tarde debido al exceso de trabajo, tenía que organizar la intendencia familiar.
Apenas tenía tiempo para mí; Mi vida no se parecía ni de lejos a lo que yo había soñado al acabar la carrera: Una familia maravillosa y un trabajo que me llenara; es decir realizarme como persona pero que tenía: una familia en la que cada cual iba a lo suyo; mis hijos a sus estudios, amigos y diversiones; mi marido, dedicado casi completamente a su trabajo y el otro casi a su deporte favorito, el golf ( y sí, yo también me sentía una viuda como todas las que se habían casado con un marido golfista).
Con esta perspectiva no es de extrañar que ya hubiera tenido un conato de depresión, a la que los médicos por no alarmarme habían llamado estrés. Mi mayor pánico era volver a caer en ese pozo tan negro y tan hondo.
Un día me levanté con unas punzadas en el lado izquierdo del pecho y un fuerte dolor de cabeza, intenté ignorar estas señales, me puse el piloto automático y preparé los desayunos pero en lugar de vestirme para ir al trabajo, algo me impulso a ponerme un vestido, coger un bolso y armada con un paraguas salir rumbo a lo desconocido.
Serezade

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