Corrí rápidamente a mi habitación, me tumbé en la cama y comencé a recordar los momentos que había pasado con mi “segunda madre”. Mi abuela Mery, -de origen cubano-, vivía con todos nosotros. Era una persona llena de vida, dedicada al cuidado de la familia, y sobretodo, muy sacrificada. Era discreta y vivía en su propio mundo; en el mundo difícil del exilio, un intermedio entre la realidad y el recuerdo de su país. Yo conocía la geografía de Cuba a través de sus palabras, al igual que a su padre, a sus hermanos y hermanas, a la mayoría de los cuales nunca más volviería a ver.
Por mi cabeza pasaban rápidamente todo tipo de pensamientos, recordaba cuando tenía cuatro o cinco años y dormía con ella en la habitación. Cada noche, con voz grave golpeaba la pared del dormitorio y decía en voz alta “Soy el Cuco, duérmete..”, y yo automáticamente cerraba los ojos ante la inminente visita de este ser terrorífico que cada noche nos visitaba. Recordé que en otras muchas ocasiones, se convertía en mi guardián y ya con más edad y una habitación propia, me acompañaba a la cama y se sentaba en su balance hasta que yo cerraba los ojos.
Era una persona muy especial. Yo creía que tenía poderes sobrenaturales. Una noche, estaba yo con ella en la cocina y de repente dijo haber visto un objeto iluminado en el cielo a través de la ventana; momentos después, la luz de nuestra casa se apagó y ella juró que aquello era consecuencia de una visita de seres sobrenaturales de otro planeta. Yo sabía que mi abuela tenía cierta autoridad en estos temas, ya que era fiel al programa de radio nocturno de Jiménez del Oso “Más Allá”. Con ella, había conocido la “magia” de la vida, lo que no se puede ver, lo que estaba situado en otro plano; pero sobretodo, me había enseñado a imaginar.
Después de unas horas, me levanté, y con los ojos en lágrimas decidí que lo mejor era estar con ella en estos últimos momentos. Se lo debía. Por lo todo lo que me había querido y me había enseñado.
Con una fuerza interior que no era propia de una niña de trece años, decidí sentarme a su lado y estando ella ya en estado inconsciente,le cogí su arrugada mano. Se la acariciaba, y hablaba con ella telepáticamente con total certeza de que me escuchaba; y le decía “Abuela, no te preocupes, estarás bien y por fin te reunirás con muchos de los familiares a los que hace ya muchos años que no ves”. También le pedía que por favor, no se me apareciera después de muerta porque ella ya sabía lo miedosa que yo era. Eso se lo pedí fervientemente. Entre estas conversaciones telepáticas, de tanto en tanto, mojaba un algodón en agua y se lo pasaba por su labios.
Mi abuela duró más de lo previsto. Alrededor de las cuatro y veinte de la mañana (hora bruja, como no) dejó de respirar, tras unos minutos de gran angustia donde parecía que se ahogaba una y otra vez. Cuando cesó su lucha y todos los que allí estábamos explotamos en llantos, yo miré a mi abuela, -a su cuerpo-, y me dí cuenta de que ya su alma no estaba allí. Sus mejillas estaban contraídas y ese cuerpo había dejado de ser ella. Posiblemente su alma estaría atravesando el túnel oscuro camino al “más allá”, tal como relataba el libro que alguna vez había caído entre mis manos de “La Vida después de la Muerte”. O alomejor estaría viéndonos desde arriba.
Lo que sí sé seguro, es que ese día me hice mayor. Perdí la inocencia. Conocí la muerte y pude experimentar por primera vez el dolor desesperado que produce la desaparición de una persona querida. Y ninguna otra experiencia me marcaría jamás tanto como ésta.

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