TRAS CINCO LARGOS AÑOSPensé que nunca podría escribir sobre ello, incluso después de ser liberado. Había estado tanto tiempo fuera de la realidad, solo con mi propia realidad, que me resultaba difícil, casi imposible, sentirme otra vez en un mundo compartido, donde hay otros, costumbres, horarios, afectos, obligaciones, gustos y tantas cosas que había añorado los primeros días en que estuve cautivo… o quizás más tiempo, meses posiblemente.
Cuando me desperté la primera vez en aquel estrecho y triste cuchitril, recuerdo que creía estar dentro de un mal sueño. Pronto supe que no. Sentí hambre y en medio de la penumbra de aquella débil bombilla me noté sucio. Llevaba la misma ropa con la que había salido de casa, mi casa ¿Dónde estaba mi casa? Aquello no era mi casa. Vi en los pantalones una gran mancha reseca en la entrepierna y esto me hizo recordar que había pasado miedo, mucho miedo cuando se acercaron a mí aquel par de tipos raros y serios y me obligaron a subirme a un coche. Recuerdo que les pregunté y rogué. Ellos me ignoraron mientras se hacían señales entre sí. Querían hacerme callar. El miedo me paralizó.
Desde ese momento, hasta que me desperté la primera vez, apenas tengo imágenes difusas de otros dos hombres que me empujaban dentro de una habitación, todo gris.
Mi estómago me decía que debía llevar por lo menos dos días sin alimento. Eché mano al plato que habían dejado a mi lado. La comida estaba fría.
Había leído en los periódicos sobre secuestros, pero nunca creí que me pudiera pasar algo así a mí. Sentí pánico, pero a la vez fui consciente de que solo yo podía cuidarme, y de que cuando aquello terminase –también había leído en los periódicos que estas situaciones suelen terminar- querría volver a mi vida normal, a volver a llenar mis días y emociones.
Luché por no olvidarme de mis rutinas, de las personas con las que cada día me encontraba, de mi familia que estaría sufriendo tanto, de mis libros, de mi casa, de mis cosas, de mi vida.
Y para no olvidarlo y poder volver a vivir y a vivirlas cuando me liberaran, cada día recreaba todo ello. Me levantaba temprano, me duchaba y arreglaba, me preparaba mi rico desayuno al que dedicaba un buen ratito mientras escuchaba a mis amigos de la radio. Bajaba a la calle, compraba el periódico y cogía el metro para ir a la Facultad. Allí me esperaban mis alumnos; cada día preparaba un tema distinto de aquella asignatura tan tediosa pero que solo yo había logrado hacer atractiva para muchos. Tomaba café con mis compañeros, corregía exámenes, soportaba alguna broma de los chicos, que han pasado de los veinte pero que todavía son un poco niños. Repasaba uno por uno a todos ellos y les iba hablando, si se dejaban. Cuando volvía a casa, abrazaba con cariño a mi mujer, a mis hijos. ¡Cuánto les quería y que paz sentía cuando les encontraba esperando mi regreso al final de día!
Hubo muchos momentos en que me resultó casi imposible continuar; todo estaba en mi imaginación y ni podía desayunar mi zumo favorito, ni compartir los días con mis alumnos, ni con mis amigos, ni con mi familia. Aún así, me esforzaba por repetir mientras iba marcando rayitas en la pared: un palito, un día más que había pasado.
En estos cinco años que dicen el calendario, mi cuerpo y mi familia, que me han tenido apartado del mundo, recuerdo momentos terribles en los que solo una fuerza que no sé de donde salía, pero que bendigo y deseo parar otros, me decía que debía seguir adelante, que aquello terminaría algún día. Pero pasó tanto tiempo y hubo tantos días vacíos, que dejé de creerme mis ilusiones e incluso olvidé interés por salir de allí.
Cuando ya casi me había abandonado la esperanza, apareció de nuevo esa fuerza que me había ayudado tanto, que me había empujado a seguir casi sin darme cuenta. Esta vez en forma de puerta abierta a la luz de día, me cegaba y apenas me dejaba leer aquella nota mal escrita… “tE puEdEs hir. ErEs livrE”.
A partir de aquel momento todo se sucedió tan rápidamente que apenas puedo recordar algo más que la emoción de los reencuentros y el placer que he sentido por cada pequeña cosa que he hecho desde entonces.
Durante un tiempo, sin proponérmelo pero dejándome actuar como sentía, no hablé de lo que había vivido. Sin palabras pedí respeto para esta necesidad y me lo dieron. Ahora sí, puedo y quiero recordar y contar.
MARIPOSAROSA, 29 octubre 2008

No hay comentarios:
Publicar un comentario