

Cuando era niña soñaba en ser como mi madre. En ponerme tacones, pintarme los labios, mirarme al espejo, sonreirme a mi misma y simplemente salir a la calle sintiendo que era una “reina”. Como ella, me quería comer el mundo. Un mundo –que a mi parecer-, estaba lleno de colores vivos que se reflejaban no solo en su ropa –años setenta-, o en las rosas rojo pasión que mi padre le regalaba cada aniversario, sino en las sonrisas brillantes de mi hermano pequeño que dibujaban graciosos hoyitos a ambos lados de su preciosa cara.
Pensaba que el mundo estaba ahí esperándome en unos años para repetir una vida llena de ilusión, desbordante de felicidad, y donde yo, tendría su misma suerte. Quería crecer para sentirme finalmente yo, y vivir una vida intensa, que en ese tiempo pensaba que era propia de la naturaleza humana. Creía que todo tenía su tiempo, y que poco a poco, todas las cosas buenas de la vida, vendrían dadas. Primero iría al colegio, luego a la universidad, sería bella y segura como ella, y finalmente, cerraría mi sueño con un hombre bueno y un par de niños que naturalmente, vendrían cuando Dios quisiera.
Sin embargo, fue en la adolescencia tardía cuando empecé a descubrir que no todos los seres corren el mismo destino, y que incluso las vidas más perfectas no lo son tanto; y así, empecé a destronar a mi madre y por ende, a todas las mujeres de mi mundo.
Fue en la primavera de 1993, cuando aparentemente tenía todo lo que una jóven podía soñar, cuando la vida me dio su primer revés.
Con sólo veinte primaveras, me había enamorado de un hombre guapo y apuesto, con carrera universitaria e idiomas. Provenía –como yo-, de una familia pudiente. Ambos compartíamos el mismo despacho en una agencia de publicidad americana; una de de las mejores. Corría pasión en nuestras venas e inventábamos el sexo con una facilidad impresionante; posiblemente, fruto de las hormonas que recorrían nuestros jóvenes cuerpos a velocidad de vértigo. Nos amábamos locamente, con el nervio propio de la juventud.
Una noche de junio, después de un largo día de trabajo, decidimos salir al Pub Urban Mots y jugar peligrosamente a la seducción de terceros, apostando una cena que conseguiría el primero de nosotros que fuera capaz de cautivar a alguno de los extraños que allí se encontraban. Era un juego excitante y lleno de morbo, el cual me fascinó al momento, sobretodo, para demostrarle a él –a David-, mis encantos desde fuera.
Me resultó fácil, tanto, que cuando crucé las dos primeras palabras con un cuarentón con dos copas de más, mi contrincante, se rindió. Me miró fijamente y sin más, se fue rápidamente a su casa.
En ese momento, no sólo me sentí ganadora, sino, una princesa con encantos de hada que era capaz de encandilar a cualquier hombre que se me pusiera enfrente. Pensaba que David me valoraría mucho más, porque le había demostrado el gran atractivo que yo poseía para otros hombres. De alguna manera, me sentía la mujer que siempre había deseado ser de niña.
Una vez conseguido el reto, y después de unos minutos de conversación con mi desconocido, cogí un taxi y subí al apartamento de David-del cual yo tenía llaves. Mi alma resplandecía. Me sentía exultante de alegría, y por supuesto, triunfadora. Pensaba en el restaurante que iba a elegir para celebrar mi premio. Por supuesto, sería caro, ya que David –sibarita como nadie-, adoraba la buena cocina.
Para mi sorpresa, abrí la puerta y me encontré a un David tirado en el sofá totalmente enfurecido; como jamás nunca lo había visto antes. De repente, su expresión había cambiado y no lo reconocía. Sus entrañables ojos negros se habían convertido en dos piedras de azabache cuya frialdad me había dejado paralizada. En ese momento, me dí cuenta de que algo no iba bien.
Respiré hondo, e intentando cambiar la energía que en ese momento inundaba el pequeño estudio, me acerqué a él, y con la voz más sexy que pude poner le dije: “Venga guapo, que ya está, que no pasa nada. Eres Unico para mí.”
El, casi impasible, me contestó con un grito contundente: “Fuera de aquí, puta”.
Sobrecogida, intenté acercarme una vez más, acariciandole primero su precioso pelo negro, y luego, poco a poco, bajando a sus partes nobles con la idea de engatusarle con la mejor de mis armas- la que nunca fallaba. De repente, me retiró bruscamente el brazo de una manera tan agresiva que tuve que tragar saliva para no gritar del tirón que me había propinado en el hombro.
Seguidamente, me giré para alcanzar un vaso de agua que había en la mesa y él, totalmente encolerizado golpeó el vaso. Todo el agua se derramó en el sofá y sin más, se levantó, me empujó hacia el suelo, y empezó a pegarme patadas gritando: “Puta, puta, fuera de aquí”.
Yo estaba perpleja. Lloraba y me sentía totalmente desamparada. Ni siquiera sentía el daño de sus golpes. Unicamente, intentaba defender mi cuerpo, que hasta ese momento, había sido inmaculado porque nadie lo había maltratado jamás. Finalmente, David, me arrastró del pelo por todo el salón, abrió la puerta y me sacó fuera de allí, abandonándome como a un saco de basura.
Me quedé unos minutos sentada en el borde de la puerta, con las manos entrelazadas en mis muslos, y cabizbaja. No podia moverme conscientemente y sin embargo, todo mi cuerpo temblaba de miedo. No podía pensar. No sentía dolor. Por primera vez en mi vida estaba ausente. No recuerdo dónde; quizás en la nada, en el vacío. Tampoco recuerdo cómo salí de allí, pero lo que sí sé, es que nunca más volví a entrar en ese apartamento, y también que hice muchos esfuerzos por olvidar aquél acontecimiento.
Horas después, -en mi casa-, con los brazos y piernas llenas de cardenales, evoqué mis sueños de niña; los que deberían haberse hecho realidad sin buscarlos, por el mero hecho de haber nacido mujer. Mis anhelos de parecerme a mi madre y encontrar un hombre bueno que se preocupara de mí, se habían desvanecido esa noche.¿sería todo una farsa? ¿serían todos los hombres unos maltratadotes? ¿era mi padre realmente lo que parecía? En ese momento, y durante muchos años más, mis deseos con respecto al amor dejaron de existir. Mis ilusiones se apagaron y mi mundo no tenía color.
Quizás mi madre no era una reina, o quizás muchas mujeres de mi alrededor habían sido destronadas como yo por hombres encolerizados, aparentemente encantadores. Hombres que rompían sueños, ilusiones y mucho más, rompían vidas. Desde ese mismo instante en adelante el desfortunado acontecimiento cambió mi relación con el sexo masculino, y me convertí en una mujer frívola y superficial, que en lugar de “reina” preferia ser la “puta” del rey, pero por elección. Eso sí, después de un buen polvo me iba a casa a la francesa y jamás volvía a saber de ellos.
Pasaron una decena de años, hasta que por fin encontré a Manolo. Era un tipo dulce, diferente al resto que había conocido, y fue el único que pudo atravesar la coraza que me habia puesto. Nuestras interminables noches de conversación me embelesaron, y aunque nunca lo daba todo-porque no me atrevía-, accedí a mantener una relación con él.
Sin embargo, algo en mi no funcionaba. Quzás todavía no estaba curada de aquélla paliza. Mi inconsciente me delataba hasta el punto que cualquier discusión con él por poco importante que fuera se convertía en una retaíla de insultos por mi parte que hacían imposible una relación sana. Jamás había faltado a nadie como a él y yo misma me asustaba cuando volvía a la realidad y me percataba de lo que le había dicho. No podía controlarme, me sentía abducida por un ente superior que me incitaba a dejar de ser yo misma y a convertirme en una especie de diablo cuya legua viperina destrozaba cualquier atisbo de estabilidad sentimental.
Un día, en una de mis sesiones con la psicóloga, le explicaba lo que muchas veces me pasaba al discutir con Manolo. Y es más, si él me gritaba, era capaz de comenzar a insultarle sin parar hasta el punto de quedarme sin voz. Lo quería castigar. Me estaba volviendo loca, no me reconocía. Al fin y al cabo, sus actos no merecían tal condena.
Elvira, la psicóloga, me preguntó: “¿Qué te hace reaccionar así? Gritar, es sólo gritar y una discusión es solo eso…”, y sin darme cuenta le respondí: “Ya pero, si me grita, luego puede pegarme…” a lo que Elvira me respondió: “Pero, llevas meses con él, ¿te ha pegado Manolo alguna vez? Y yo con mi cabeza le dije que no.
Inmediatamente, ella se dió cuenta de que en algún momento de mi vida, me habían maltratado, y volvió a preguntarme: ¿Violeta, te han pegado alguna vez, algún otro hombre ? A lo que yo, no pude responder, y rápidamente por mi mente empezaron a pasar desagradables imágenes de aquella horrible noche en la que David me maltrató. Me quedé sin respuesta. Era algo que llevaba escondido bajo llave en el baúl de mi mente. El dolor del recuerdo hizo que mis ojos se llenaran de lágrimas. Ella, me intentó tranquilizar y seguidamente afirmó: “Violeta, no insultas a Manolo, sino a aquél que te pegó hace muchos años. Es normal. En el momento que seas consciente de esto, podrás controlar tu ira”.
Me quedé impresionada. Era como si por fin, hubiera empezado a entender el mundo de horror que aquélla noche había conocido gracias a David. Ese día, once años después y con la psicóloga como ayuda, me dí cuenta de las secuelas psicológicas que David había dejado en mí y que habían permanecido en mi insconciente durante mucho tiempo. Me acordé de otras mujeres que vivían maltratadas años y pensé en cuán difícil sería su recuperación, si es que había alguna.
David, aparte de romper mis sueños de niña, me había hecho desconfiada y fría en mis relaciones de pareja. Me había robado tiempo; un tiempo de oro de la juventud tardía que jamás se volvería a repetir. Me había hecho vivir una vida que yo no hubiera elegido jamás.
Sin embargo, ese día reaccioné y me cuenta de que todavía estaba a tiempo para volver a soñar. Que los colores grises se pueden tornar en vivos si lo mezclas bien, y que hay hombres buenos que dibujan sonrisas en las mujeres.
Ese día, recibí flores de rojas de mi enamorado. Y volví a anhelar todo lo que había dejado apartado en los cajones de mi mente ese fatídico día de Junio. Soñé con el amor nuevamente y con muchas cosas más...

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